Virtualidad de Medea

A Francisco J. Rubia, con un cerebro posado en una mano que canta así: Io non mori´, e non rimasi vivo

Me sorprendió una noche en que, tranquilamente,
tumbada en el sofá, leía un libro.
No la llamé: estaba allí gritando
de pronto en mi cabeza: “Puedes
matarlos ahora mismo.
A qué estás esperando. Mátalos”.
No conocí yo el miedo hasta esa noche.
Y muchas noches más. Semanas. Meses. Años.
Cada vez que me asomaba a un balcón,
que empuñaba un cuchillo,
que estaba sola en casa
con ellos: dándoles la cena,
enjabonando sus pequeños cuerpos,
velándolos a oscuras (“Mátalos”), aterrada.
Y daba igual en dónde (“Ahora mismo”):
el cielo era un cajón de planos turbios
sin ángulos de aire. Cada niño
−cualquier niño−, en mis manos −¿futuras?−
acaso fuera ya medusa rota,
niño despedazado, ensangrentado, muerto.
No lloré, no grité: todo mi ser
era un vientre de piedra latiendo en el silencio.
No se lo dije a nadie. Huí de las ventanas,
los cuchillos, la soledad. (Ah, pero hay tantos
vanos, tantos filos, tantas horas).
Rezaba, hasta caer rendida, confiando
que sólo fuera un sueño. Despertaba
y no se había ido. Dejé de confiar
y confiaba.
Abrí todos mis ojos: una a una
recorrí mis sentinas (“Puedes…”).
Busqué todos mis monstruos intentando
(“…matarlos…”) dilucidar sus pasos y sus nombres
por el jardín oscuro
donde todos los rostros se bifurcan
y todos se parecen (“…a tus hijos”),
y ninguno es igual. (Un fallo
de neurotransmisores. De qué sirve
pensar pongamos que “serotonina”,
si todas las palabras se deslizan
opacas y vacías bajo el miedo).

Un día ella se fue.
Quizá se fuera yendo. No lo sé.
No sé cómo. El cielo,
aproximadamente, volvió a ser como era.
A veces aún sospecha la memoria
una esquirla de vidrio bifurcado
(“Recuerda que eres polvo del recuerdo”).
Te recuerdo, Locura,
bajo el cielo de ahora,
aproximadamente o casi azul.