Satori (A propósito de la pintura de Carmen Bustamante)

          El espíritu es la metáfora de la infinitud de la materia.

(José Ángel Valente)

Decir Bustamante en la pintura española contemporánea es evocar el argumento infinito de los cuatro elementos: la arena, el agua, el aire y la luz. En este universo silencioso el quinto elemento podría llamarse soledad. Mejor: contemplación. La obra de Carmen Bustamante crece sobre sí misma como una ininterrumpida llamada a la contemplación que surgiera del mar, sin ser exactamente lo que la convención denomina marinas.

El mar es en el universo de Carmen Bustamante la materia prima original, en cierto modo como Tales de Mileto postulaba que el origen de todo era el agua. Pero luego interviene la mirada del pintor, que selecciona intencionalmente, sobre la inmensidad de la materia, el vector poético. Hay una primera estilización muy evidente que es la del encuadre pictórico en formatos característicos: rectángulos verticales de gran altura y estrechez, u horizontales de gran ancho y poca altura. O el rotundo cuadrado de 1 x 1. Estos formatos son un componente lírico de la imagen, algo así como esa metáfora huidobriana del horizon carré.

Desde ese marco el espectador se ve situado ante un motivo de elementalidad minimalista tratado con precisión, rigor y exactitud en series que van evolucionando a lo largo del tiempo: las dunas de las playas atlánticas o las del desierto; las orillas de arena húmeda; las olas en su discurso de la espuma; las marismas con su diálogo de ribazos y esteros; el protagonismo del cielo interactuando con el mar. Eventualmente, alguna construcción humana insinúa un paisaje: una estaca, un faro, el perfil de muralla que termina en el baluarte de la Candelaria. (La mayor voluntad figurativa se relaciona con la vista desde el estudio que tiene la pintora en Cádiz.) Algún elemento artificial y en principio no poético deviene intensamente lírico bajo la mirada de la artista (una llanta semienterrada, un tendido eléctrico, unas tuberías negras). Si hay plantas, son más bien hierbas y arbustos; si animales, son pájaros. Nunca personas.

A lo largo del tiempo Bustamante ha ido recogiendo todo tipo de efectos lumínicos que por muy inverosímiles que resulten son verídicos. Esta sorpresa del color quizá tenga su origen en el romántico y marítimo William Turner. Manuel Caballero apuntaba, en un texto escrito para el catálogo de la exposición en el Museo de Cádiz en 2007, la filiación impresionista de las series basadas en la variación de la luz, emparentadas con el Monet que vuelve una y otra vez a la catedral de Rouen.

Junto al motivo que cambia de color según la luz, la pintura de Bustamante también ha ido explorando el color que unifica los motivos: así los espacios palidísimos, casi desvanecidos en blanco; o la serie gris y negra. Por cierto que Carmen ha desarrollado un tratamiento de la espuma que puede recordar al Eduardo Sanz más pop. Pero, mucho antes, la esquematización de la espuma está en las olas de Hokusai.

Turner y Monet podrían subyacer a la pintura de Carmen Bustamante, pero hay algo que le diferencia sustancialmente de ellos: es la perfección en la quietud. El mundo pictórico de Carmen ofrece ángulos de contemplación absortos en lo elemental estático o sorprendido en un instante que lo libera de todo movimiento. Esta eternización del instante, unida al recogimiento de la mirada intensamente concentrada en la soledad de la naturaleza, evoca la atmósfera de los paisajes de Caspar David Friedrich, por ejemplo “El Gehege Grosse, cerca de Dresde”. Es el mismo efecto de suspensión de ánimo, de intensa percepción de la sacralidad que emana de la naturaleza.

La pintura de Bustamante ofrece una afinidad intensa con el haiku, el pequeño poema que expresa el conmovido asombro que siente el japonés ante la revelación de la naturaleza en un momento de contemplación que se resuelve en iluminación interior. Lo singular del haiku es que, mediante una mínima sucesión de palabras que evocan una imagen natural, el poeta aspira a llegar al corazón de una realidad que está más allá y más acá del lenguaje. Es la paradoja del lenguaje que nos saca del lenguaje, de la palabra forjada para recuperar el silencio primordial, el gran silencio previo y posterior a nuestra existencia como criaturas. No es casual que los cuadros de Carmen Bustamante no tengan título. Ni tampoco personas.

Este proceso supone el afán de abolir la conciencia del “yo”, como si no quedase subjetividad alguna: sólo fusión con lo creado. Sin embargo, aunque el poeta no trata de comunicar su personalidad, el lector sí llega a reconocerla cuando se halla frente a una serie de haikus. Así, en la pintura de Carmen, ese algo inconfundible es el estilo, su estilo: los peculiares encuadres, la selección minimalista de motivos, la obsesión en la transparencia y el color, ese contraste entre minuciosidad paciente y liberada abstracción, entre pincelada miniaturista, vocación de amplitud y estilización plana.

Con el ánimo suspenso veo el fulgor de una duna blanca arada de arriba abajo por los surcos del viento: su suave docilidad. Su mansedumbre. O una empalizada para detener la fuga de la arena. (La gente de tierra adentro acaso no imagine que existen criaderos de dunas.) Veo la odisea de la ola que alza el pecho turbio –o el limpio lomo verde–, se arquea, se riza, se desploma, se derrama, lame la orilla, se retira y antes de evaporarse es un perfil de azogue, un camino de cielo. Veo lo que queda en la bajamar: una boya amarilla que se soltó del lastre del fondeo, el reflejo de dos seres –dos ángeles traslúcidos–, el grumo de la espuma. Veo las aguas ferruginosas de una salina, el líquido tintado, rojo y quieto. Emerge hacia arriba, en el centro, una compuerta de madera que forma, con su reflejo y su sombra, un vértice que desde el misterio de la perspectiva domina un triángulo a la vez inexistente y perfecto.

El corazón del agua puede ser rojo como puede ser de ese verde imposible de los tejados con óxido de cobre: química de las marismas. Hay también aguas tan recién estrenadas, tan inocentes en su pálido azul o su pálido rosa, que parecen las albertianas aguas de un recuerdo del cielo, cuando la luz ignoraba todavía / si el mar nacería niño o niña. (Carmen Bustamante nunca firma con su nombre, Carmen).

Hay un lienzo que es la viva imagen de un cuento zen. Es un mar nocturno en que la luz de una luna que no se ve se deshace en destellos que devienen círculos irreales hasta un primer plano negro. El cuento es el de la monja budista que tenía la pena, en su avanzada edad, de no haber experimentado nunca el satori, la iluminación interior, por más que se había esmerado en el trabajo, la oración, la bondad del silencio. Una noche fue por agua al pozo con un cubo de caña bastante fatigado. Cuando lo sacó vio de pronto la luna llena flotando en el espejo del cubo. En ese instante la base del recipiente cedió y el líquido se escurrió hacia la oscuridad como en un sueño. Fue justo en ese momento cuando aquella mujer vivió el satori. Revelación de la belleza entre la plenitud y el vacío, en un instante eterno, suspenso entre el asombro y la emoción.

La pintura de Carmen Bustamante ha sido siempre, para mí, satori.
http://carmenbustamante.com/es/content/textos

http://www.google.es/imgres?imgrefurl=http%3A%2F%2Fcuadernodecadiz.blogspot.com%2F2012%2F06%2Fel-paisaje-maritimo-de-cadiz-por-carmen.html&tbnid=ebCPY0XtcJjCpM:&docid=Yi7veT2Lf-LOPM&h=1100&w=1099