Ulises posando verbalmente en un momento de duda

Yo, Ulises, que paseo a solas

por las playas feacias, me pregunto:

“¿Para qué sirve Ulises?”.

 

Ulises sirve para contar historias

a Nausícaa, que muy agradecida

le vistió ricamente, porque llegó desnudo.

Ulises es antiguo:

vive en un mundo ingenuo que confunde

saberes con lenguaje, realidades

con signos. Sólo así se explica

que los demás le crean, y le cambien

las palabras por cosas. Sin embargo,

él es más astuto, él es el único

que pudo atravesar indemne

los cantos de sirenas

(pues no son de verdad: así de fácil).

Pero ahora Ulises, mercader de cuentos

que acaba de venderlos todos

(no ya por una ropa: es un ropa

de semidiós, es el prestigio),

ahora se pregunta: “¿Adónde?”.

Tras Ítaca (esa excusa tan larga y diferida),

¿qué queda para Ulises?

 

Ulises al final llevará un remo

al centro de la tierra para seguir contando

donde no le conozcan,

donde haya Nausícaas que aún confundan

un viejo caminante con un héroe de Troya,

un remo con el mar (por ignorancia

o por juego: claro que no es lo mismo, pero

tendrá que dar igual).

Son cosas que Penélope no entiende.

 

Yo, Ulises, que tiendo mi mirada

por los lomos equinos de las olas

(mientras finjo que ignoro si piso arena, oro,

agujas, alquitranes o condones),

me digo: “Oh, Ulises, vivir

no es necesario. Sólo es necesario

fabular”.