Penélope y los ríos

Bello río Moldava, yo te digo

que hilamos emoción y deshilamos tiempo,

y nunca sabe nadie

si podremos bordar, en una misma tela,

las cosas y su imagen, el nombre y el deseo.

 

Yo lloro en las películas. Recuerdo

que un día mi nostalgia fluyó entera

bajo los puentes de Madison. Luego

recuerdo que llovía cuando entramos en Praga,

perdidos en las calles una noche de julio:

nidos negros los árboles, ponían las farolas

−en las ramas, los charcos, por el aire−

sus huevecillos verdes. Y abajo, de repente,

tú, Moldava, lamiendo,

apenas rumoroso, mis oídos de Ulises,

frotando con tu lomo las estrellas,

la mole iluminada del puente del rey Carlos,

y todas las ausencias que almacené en mis ojos.

 

Y aún antes, mucho antes, te recuerdo, Moldava,

discurriendo en la lámina de un verano larguísimo

como un enigma roto en mil quinientas piezas:

yo enredando en los trozos de una vida de saldo,

absorta noche a noche

en un puzzle infinito que nunca sería Praga.

Pero un día,

muchos años después, sí que fluyeron

las aguas del papel convertidas ya en aguas,

con ondas, con balizas, con espumas,

verdines suspendidos y reflejos,

y gentes y gabarras y músicas y patos.

 

Dulce río Moldava, sin embargo

Penélope es infiel: teje y desteje,

no se le acaban nunca los hilos, sus figuras

no saben retener la trama del milagro.

Y aunque nunca te olvida, este verano

su soledad discurre al margen de otro río

que yo no sé si existe, ni cuál es.