Los textos infinitos (II)

Frente al mar, bajo el cielo, cuando acaba la tarde,

los ojos del buen Hermes, suspendidos

en el último incendio de las nubes,

saben que no hay crepúsculo más bello

que el de esta ciudad, aunque no sea

Venecia o Estabul,

tampoco Alejandría, ni esté lejos.

La línea de sus casas divide en el silencio

un doble cementerio, celeste y submarino.

A esta hora es muy raro no ver pájaros

jugando por el aire. Y no se ven. Se fueron.

La luz y sus espejos parece que quedaron

vacíos. Pero no. El espíritu

no es más que la metáfora

de la infinitud de la materia.

Recuérdalo mañana, cuando abras los periódicos.

 

[Una mujer subida a una secuoya:

dos años de helicópteros no pudieron bajarla.

Dónde llegan las raíces del pelo

en los días de lluvia. Qué piensa hora tras hora

esa loca mujer, sagrada entre los árboles

que pudo preservar del maderero

convirtiéndose en rama. O aquel mozo que un día

sacó de su cabeza un arco iris

a la vista de todos, porque era tan feliz.

O la pequeña Omayra, Omayra Sánchez,

que se murió despacio, hablándole a la tele:

Y yo saldré triunfante de aquí. Pero su cuerpo,

atrapado en el pozo por la viga,

se hundía más y más. Nadie pudo hacer nada,

y todos la veíamos,

tan niña, tan tenaz, desfallecer. −…Triunfante…]

 

Los textos infinitos conservan en sus alas

las historias del mundo visible e invisible.

Los dioses no tuvieron más bondad,

tampoco más sustancia.

 

Frente al mar, bajo el cielo,

cuando acaba la tarde,

los ojos del buen Hermes, suspendidos

en el último incendio de las nubes,

saben que no hay crepúsculo que pueda no ser bello,

que siempre queda luz al otro lado,

y pájaros, y niños que están diciendo “páaa-ja-ro”,

y puede que les salgan entonces, o algún día

mucho después,

alas en los pies, o plumas en los labios.

                                                                      Cádiz, 1999-2005