Los textos infinitos (I)

Los dioses no tuvieron más sustancia

que la que tengo yo…

A veces me pregunto

qué sustancia tendrían

más allá de los textos infinitos.

 

Imagínate Hermes.

“Yo soy Hermes:

un animal de brisa, una sonrisa

de mediados de junio,

un loco corazón azul celeste

que lleva en las sandalias las alas de los pájaros

y en la frente…”

(Los pájaros, ¿qué llevan en la frente?

¿Plumas o cañamones,

primaveras o huevos, geografías,

urgencias de reclamo,

o acaso sólo hambre, frío, sed,

miedo a perder el rumbo, prisa

de procrear a salvo,

de llegar o volver antes que el vendaval?

O acaso sólo un ciego

latir, vacío y obstinado,hHasta que cese el tiempo.

Qué son en realidad, vistos por dentro.

Por qué, siempre en los mismos árboles,

se juntan al crepúsculo. Qué júbilo contagian

al filo de la luz, tan parecido

al vértigo sonoro de los niños

cuando salen al patio, en el recreo.)

 

Los dioses no tuvieron más sustancia

que la que tengo yo, sí, Hermes,

el mensajero alado de los dioses,

este frágil azogue que atrapa en sus espejos

la fiebre de los pájaros

que nacen, crecen, crían, vienen

y van, y vienen, cantan juntos

como fuga de niños

urgidos de la noche y de la luz,

luminosos y ciegos”.