Jano en las puertas

Oh, Jano, entre las puertas

de los años que pasan, abriéndose y cerrándose

como abanicos de aire en un teatro loco.

Déjamelas abiertas, que vea desplegadas,

en una única escena, las figuras del tiempo.

 

No pensabas volver, pero volviste

a los valles angostos, a los bosques primeros

de robles y de hayas,

a este mar hosco y gris de los acantilados,

y a la casa de piedra: el portón y el crujido

del grijo entre los pies, el saludo redondo

y azul de las hortensias, los tres arcos

velando el soportal,

el ojo y la gran llave, la penumbra

del vestíbulo oscuro, la escalera

que sigue rezumando, y ya no tengo frío

y ya no me dan miedo

los pasos en la noche, los Cristos que me miran,

el lóbrego recodo con la puerta cerrada.

Cómo van a asustarme, si yo soy ese espectro

que viene de visita a ver a sus fantasmas.

En la solana

cae la paz de la tarde sobre vivos y muertos.

Cualquiera de nosotros pudo –y puede− decir:

no soy lo que creía, ni soy lo que soñaba,

pero éste es mi sitio justo

en la exacta belleza de esta casa.

Si en amor, como en todo, es importante el tiempo,

cuánto, cuánto os amo,

familiares criaturas –sangre y niebla−,

en  la costumbre altiva de mantenerse en pie,

soportando la rueda de fracaso y fortuna

como una elegante enfermedad muy larga.

Y hay algo más hermoso que la belleza misma

en esta herencia frágil de orgullo y soledad.

 

Oh, Jano, entre las puertas

abiertas de los años, me parece

que existe un horizonte mejor que la inocencia:

pues en este crepúsculo vendría a ser lo mismo

un ángel que descansa o un demonio que duerme.

Y entre los abanicos del tiempo, detenido

en una única escena, el aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada.