Eclipse de Jasón

En el fondo, me acuso

de ser un navegante en busca de una tierra

que nadie más que yo me ha prometido.

Poco a poco, este mapa del deseo

se va difuminando, tan gastado

que a su través apenas se ven más

que las desnudas palmas de mis manos.

Cierro entonces los ojos, y, sobre mi carne,

me esfuerzo en vislumbrar, entre las grietas,

la isla del tesoro, la isla mía.

 

No soy joven. Pensando

en los años perdidos, me siento a cada paso

espejo de un lugar que no existía,

suma sin progresión de espacios ilusorios,

ficción de mares muertos que ocultaban

mi lugar, mi vacío.

No. No soy joven ya. En mis viajes

he llegado a ciudades muy hermosas.

Sin embargo,

la euforia de llegar se diluía

nada más con llegar. No sé si es culpa mía.

En esta tasca oscura

donde velan su sed los turbios y los solos

busco al fondo de un vino

reflejos de unos ojos dorados como uvas.

 

Jasón aún navega, aunque es viejo,

bastante convencido de que existe un tesoro.

Aunque muy a menudo sospecha que, con suerte,

el vellocino será, si es, su cabeza,

la luna de su sueño en el segundo

en que el sol ponga sobre sus canos rizos

la dorada aureola, para que alguien

−una mujer enamorada,

un tonto, un santo, un loco, acaso un niño−

al verle de esta guisa exclame, emocionado,

algo así como: «−Yo sé quién eres tú. Tú eres Jasón».

 

No te quejes, Jasón, que será heroico.

Coge la copa y bebe hasta las heces.

Puede que dure poco

la transustanciación de la tristeza,

pero ellos son (el niño, el santo, el loco,

el tonto y la mujer enamorada)

la tierra que buscabas,

el don de la ebriedad.