Intus legere

                                           (Homenaje a Rousseau –los dos Rousseau–.
Y a Velázquez)

 

 

INTUS LEGERE

 

«Me he sentado en el centro del bosque a respirar.

                               He respirado al lado del mar fuego de luz.

                               Lento respira el mundo en mi respiración.

                               En la noche respiro la noche de la noche.

                               […]

                               Inspirar, espirar, respirar: la fusión

                               de contrarios, el círculo de perfecta consciencia.»

                                                            Antonio Colinas, “Canto XXXV”

 

                                              

 

1

En el reverso de tus ojos

memorias vegetales de la tierra.

Sombra. Puntos negros

–semillas de la luz–

por dentro de los párpados.

 

Se mueven. Juegan.

 

2

Qué difícil leer por dentro, inteligencia.

Volver al bosque

donde una vez quisimos

ser por siempre niños.

O vágulas o blándulas anímulas

o nanas –o lullaby– o libélulas.

Pura vida sin apenas redes

de símbolos. Instinto de alegría.

 

Qué difícil, conciencia,

ir más allá de ti. Pero contigo.

(Y pasa por detrás, en sombra,

la sombra. Una palabra. Una pantera.)

 

3

Voy entrando en mi edad

como en un abandono o un sendero

menguante.

Qué difícil ahora tan solo incorporarse

es, cuando eres solo

un animal cansado que lame sus heridas.

Quién podría decir

de dónde viene el miedo.

Por qué es tan ominosa

la soledad que acecha entre los árboles.

Con qué mundo o lenguaje

─u olvido de lenguaje─

limita mi silencio.

 

4

Este vapor de oscuridad

que no sé si se posa desde arriba

o si brota del suelo,

o si no seré yo,

no sé si tendrá fondo.

Si más allá del plomo, del azogue,

de la ilusión y niebla en los espejos,

más allá del cristal, sigue volviendo

a acariciar la espalda de la noche

con sus rosados dedos otra aurora.

 

5

He conocido gente

que se abraza a los árboles

para sentir el fondo de la tierra.

 

Son sagrados los árboles.

A veces,

para que te des cuenta de que existen,

se te enganchan al pelo

los rosales silvestres.

 

6

Cuando no me ve nadie,

yo me abrazo a escondidas

al tronco de los árboles.

Si hay alguien, me conformo

con pasar una mano –casualmente–

por la áspera corteza. Y alargar el contacto,

presionar la madera

que late con los dedos,

que circula en los nudos, los nudillos

y baja adelgazándose

–terrón, roca, gusano–

por las hebras de vello

más finas de las más finas raíces.

Entonces, dulce dónde,

la oscuridad total.

 

7

Entro en la piedra

a través de las palmas de las manos.

¿Conoces el país

donde florece el liquen?

Sus ríos como el óxido de cobre.

En el silencio, con el aire puro,

por los montes de venus vienen verdes.

 

8

El alma era lo mismo que el envés de una hoja

muy nueva

atravesada

por un rayo de sol.

Un pensamiento de luz

encendiendo lo verde.

 

No, no se olvida nunca

la hoguera de los árboles.

Como nunca se olvida

el olor de la sombra,

que asoma en el perfume de la higuera.

 

9

(Alma del Conde de Orgaz)

Dentro de mí hay una criatura

sin cuerpo, sin edad, sin atributos,

que se asoma a mis ojos:

un puente con el mundo que es

maravilla y asombro.

Criatura invisible

felizmente ensartada

en el collar celeste de la luz, criatura

que asiste deslumbrada

al mayor espectáculo:

El mundo.

 

(Hoy el mundo se ha desnudado en bosque

y le cuelgan las partes por la hiedra.)

 

10

Silencio absorto,

corazón en éxtasis del mundo,

ángel mío,

he aquí el bosque que se anuncia,

la mora ya madura que estalla en el jilguero:

hágase tu mirada.

 

11

(Las hilanderas)

Entro en el bosque con los brazos

desnudos,

sintiendo con la piel el roce de la sombra,

latiendo por mis venas su humedad.

(La antigua libertad de andar en bicicleta:

giran en la memoria ruedas, ruecas

que van hilando el tiempo

tan rápido que no se ve detrás.)

 

Soy del bosque. Soy bosque. Soy

relente en el acanto,

en la tela de araña, en el helecho.

La alegría

de enredarme en el aire me canta por la boca

del estómago.

Me están saliendo alas en lo hondo.

Cantando caen las hojas.

Todo lo azul me estalla en la cabeza.

 

12

Un misterioso sol

se filtra entre las ramas.

Va eligiendo las cosas.

Las cuevas de la luz:

un remolino de agua, las flores de una adelfa,

un destello

que ha dejado la lluvia en las rodadas.

El humilde sendero

deslumbra apariciones. Imposible

andar con esta niña tan pequeña

que va coleccionando

hojas de otoño, cantos

rodados, cuarzos,  piedras,

piedras, piedras

(no le bastan las manos, no le sobran bolsillos).

Cuando se tienen los ojos tan cerca de los pies

cada punto del suelo es infinito.

 

(Los niños no saben pasear.)

 

13

Cuando se moja el musgo

huele a pulpa de tierra.

Hundo manos que muerden

voraces blandas vulvas.

Vivir es devorar.

 

14

La sombra quizá sea

la cuarta hoja del trébol.

Deseo hecho fantasma:

Suerte: Sombra.

 

15

Parece que vienen risas de allá abajo.

Madeja impenetrable de zarzas y lentiscos.

Sonando baja el río

pulsándole a las piedras

sus notas de cascada.  Sí, son risas.

(Pasa lo mismo con náyades y nutrias:

que no se ven.)

 

16

Sopla la brisa y lleva mil pelusas:

semillas voladoras.

El aire es una blonda de vilanos.

Puedo sentir el bozo de la brisa

buscando florecer en mis pestañas.

Las bodas son, las bodas.

Son las bodas aéreas de los árboles.

 

17

Me gusta a estar a solas

cuando estoy tan absorta

que de alguna manera no me siento.

Entonces,

cuando brilla el silencio,

suena la soledad.

 

18

 Allí donde no pienso [en mí]

es donde existo.

En la acción de fluir.

 

Fluir así, sin más,

es el alma del juego.

El río,

el río de la vida,

es el que fluye así, sin más.

 

19

Cruza el puente el niño

con su bastón de caña

que va sonando contra la pasarela.

Rítmico traqueteo, música de estacas.

Canta el cuco. Y va soñando el niño

con junglas, con manglares, con aullidos de monos.

Late su corazón con furia

como un batán se bate con el agua.

 

(Por debajo del agua, en las lagunas

del tiempo,

siguen en otro idioma las palabras.)

 

20

Al borde del camino

están pesando pájaros.

Antes de anillarlos y volverlos al aire

hay que apuntar sus nombres

– jilgueros petirrojos herrerillos-

y verles la salud soplando su plumón.

Otros anilladores en bosques muy lejanos

quizá se los encuentren cuando emigren.

 

21

«Apaciento mi sombra en los lugares más inseguros del pensamiento. Oigo crecer mi osamenta cada día, mi infancia no ha terminado.»

Julia Otxoa, Taxus baccata

 

 

El útero del bosque. O no. Tampoco el río.

Ni era hoja la hoja. Era

sólo color pensado con las manos.

Palabra como música, deseo

enhebrado a la carne.

Despacio. Muy despacio.

Sólo era espacio            el bosque              el río               el lienzo.

Y en el huso del tiempo,

fina y fuerte,

saliva de la seda: la memoria

saliendo del  ombligo de la infancia.

 

 

                                                                       Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

 

                                               (Homenaje a Rousseau

                                                             –los dos Rousseau–.

                                                                              Y a Velázquez)

 

 

INTUS LEGERE

 

«Me he sentado en el centro del bosque a respirar.

                               He respirado al lado del mar fuego de luz.

                               Lento respira el mundo en mi respiración.

                               En la noche respiro la noche de la noche.

                               […]

                               Inspirar, espirar, respirar: la fusión

                               de contrarios, el círculo de perfecta consciencia.»

                                                                   Antonio Colinas, “Canto XXXV”

 

                                              

 

1

 

En el reverso de tus ojos

memorias vegetales de la tierra.

Sombra. Puntos negros

–semillas de la luz–

por dentro de los párpados.

 

Se mueven. Juegan.

 

 

2

 

Qué difícil leer por dentro, inteligencia.

Volver al bosque

donde una vez quisimos

ser por siempre niños.

O vágulas o blándulas anímulas

o nanas –o lullaby– o libélulas.

Pura vida sin apenas redes

de símbolos. Instinto de alegría.

 

Qué difícil, conciencia,

ir más allá de ti. Pero contigo.

 

(Y pasa por detrás, en sombra,

la sombra. Una palabra. Una pantera.)

3

Voy entrando en mi edad

como en un abandono o un sendero

menguante.

Qué difícil ahora tan solo incorporarse

es, cuando eres solo

un animal cansado que lame sus heridas.

Quién podría decir

de dónde viene el miedo.

Por qué es tan ominosa

la soledad que acecha entre los árboles.

Con qué mundo o lenguaje

─u olvido de lenguaje─

limita mi silencio.

 

 

4

Este vapor de oscuridad

que no sé si se posa desde arriba

o si brota del suelo,

o si no seré yo,

no sé si tendrá fondo.

Si más allá del plomo, del azogue,

de la ilusión y niebla en los espejos,

más allá del cristal, sigue volviendo

a acariciar la espalda de la noche

con sus rosados dedos otra aurora.

 

 

 

5

 

He conocido gente

que se abraza a los árboles

para sentir el fondo de la tierra.

 

Son sagrados los árboles.

A veces,

para que te des cuenta de que existen,

se te enganchan al pelo

los rosales silvestres.

 

 

6

Cuando no me ve nadie,

yo me abrazo a escondidas

al tronco de los árboles.

Si hay alguien, me conformo

con pasar una mano –casualmente–

por la áspera corteza. Y alargar el contacto,

presionar la madera

que late con los dedos,

que circula en los nudos, los nudillos

y baja adelgazándose

–terrón, roca, gusano–

por las hebras de vello

más finas de las más finas raíces.

Entonces, dulce dónde,

la oscuridad total.

 

 

7

 

Entro en la piedra

a través de las palmas de las manos.

¿Conoces el país

donde florece el liquen?

Sus ríos como el óxido de cobre.

En el silencio, con el aire puro,

por los montes de venus vienen verdes.

 

 

8

 

El alma era lo mismo que el envés de una hoja

muy nueva

atravesada

por un rayo de sol.

Un pensamiento de luz

encendiendo lo verde.

 

No, no se olvida nunca

la hoguera de los árboles.

Como nunca se olvida

el olor de la sombra,

que asoma en el perfume de la higuera.

 

 

 

9

(Alma del Conde de Orgaz)

Dentro de mí hay una criatura

sin cuerpo, sin edad, sin atributos,

que se asoma a mis ojos:

un puente con el mundo que es

maravilla y asombro.

Criatura invisible

felizmente ensartada

en el collar celeste de la luz, criatura

que asiste deslumbrada

al mayor espectáculo:

El mundo.

 

 

(Hoy el mundo se ha desnudado en bosque

y le cuelgan las partes por la hiedra.)

 

 

10

 

Silencio absorto,

corazón en éxtasis del mundo,

ángel mío,

he aquí el bosque que se anuncia,

la mora ya madura que estalla en el jilguero:

hágase tu mirada.

 

 

 

11

(Las hilanderas)

 

Entro en el bosque con los brazos

desnudos,

sintiendo con la piel el roce de la sombra,

latiendo por mis venas su humedad.

(La antigua libertad de andar en bicicleta:

giran en la memoria ruedas, ruecas

que van hilando el tiempo

tan rápido que no se ve detrás.)

 

Soy del bosque. Soy bosque. Soy

relente en el acanto,

en la tela de araña, en el helecho.

La alegría

de enredarme en el aire me canta por la boca

del estómago.

Me están saliendo alas en lo hondo.

Cantando caen las hojas.

Todo lo azul me estalla en la cabeza.

 

12

Un misterioso sol

se filtra entre las ramas.

Va eligiendo las cosas.

Las cuevas de la luz:

un remolino de agua, las flores de una adelfa,

un destello

que ha dejado la lluvia en las rodadas.

El humilde sendero

deslumbra apariciones. Imposible

andar con esta niña tan pequeña

que va coleccionando

hojas de otoño, cantos

rodados, cuarzos,  piedras,

piedras, piedras

(no le bastan las manos, no le sobran bolsillos).

Cuando se tienen los ojos tan cerca de los pies

cada punto del suelo es infinito.

 

 

(Los niños no saben pasear.)

 

 

 

13

 

Cuando se moja el musgo

huele a pulpa de tierra.

Hundo manos que muerden

voraces blandas vulvas.

Vivir es devorar.

 

 

14

 

La sombra quizá sea

la cuarta hoja del trébol.

Deseo hecho fantasma:

Suerte: Sombra.

 

 

15

 

Parece que vienen risas de allá abajo.

Madeja impenetrable de zarzas y lentiscos.

Sonando baja el río

pulsándole a las piedras

sus notas de cascada.  Sí, son risas.

(Pasa lo mismo con náyades y nutrias:

que no se ven.)

 

 

16

Sopla la brisa y lleva mil pelusas:

semillas voladoras.

El aire es una blonda de vilanos.

Puedo sentir el bozo de la brisa

buscando florecer en mis pestañas.

Las bodas son, las bodas.

Son las bodas aéreas de los árboles.

 

 

17

 

Me gusta a estar a solas

cuando estoy tan absorta

que de alguna manera no me siento.

Entonces,

cuando brilla el silencio,

suena la soledad.

 

 

18

 Allí donde no pienso [en mí]

es donde existo.

En la acción de fluir.

 

Fluir así, sin más,

es el alma del juego.

El río,

el río de la vida,

es el que fluye así, sin más.

 

19

Cruza el puente el niño

con su bastón de caña

que va sonando contra la pasarela.

Rítmico traqueteo, música de estacas.

Canta el cuco. Y va soñando el niño

con junglas, con manglares, con aullidos de monos.

Late su corazón con furia

como un batán se bate con el agua.

 

(Por debajo del agua, en las lagunas

del tiempo,

siguen en otro idioma las palabras.)

 

 

20

 

Al borde del camino

están pesando pájaros.

Antes de anillarlos y volverlos al aire

hay que apuntar sus nombres

– jilgueros petirrojos herrerillos-

y verles la salud soplando su plumón.

Otros anilladores en bosques muy lejanos

quizá se los encuentren cuando emigren.

 

21

«Apaciento mi sombra en los lugares más inseguros del      pensamiento. Oigo crecer mi osamenta cada día, mi infancia no ha terminado.»

Julia Otxoa, Taxus baccata

El útero del bosque. O no. Tampoco el río.

Ni era hoja la hoja. Era

sólo color pensado con las manos.

Palabra como música, deseo

enhebrado a la carne.

Despacio. Muy despacio.

Sólo era espacio            el bosque              el río               el lienzo.

Y en el huso del tiempo,

fina y fuerte,

saliva de la seda: la memoria

saliendo del  ombligo de la infancia.

 

 

                                                                       Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

 Agradecimientos. UN FINAL QUE FUE EL PRINCIPIO

A Ricardo Galán Urréjola, por la invitación a este viaje visual y sonoro. A Ricardo le gusta la sierra en moto. A mí me gusta pasear. Él percibe la maraña, la orgía, la velocidad. Yo propendo a la contemplación en la armonía. Ricardo tiene un feeling de la luz y la materia profundamente barroco.  Una parte de mí necesita sentir el mundo en zen. Ha sido apasionante descubrir todo esto: de qué manera al cifrarnos, desciframos al otro. Y a la inversa. De qué manera la otredad ilumina y ensancha la mismidad.

0 / Antonio Colinas, Noche más allá de la noche (1983), “Canto XXXV”. Se puede leer en Antonio Colinas, En la luz respirada, Ed. José Enrique Martínez Fernández, Madrid, Cátedra, 2004, pp. 242-243.

2 / Adriano, emperador de Roma, por un último poema que dedicó a su propia alma, dicen, antes de morir: “Animula, vagula, blandula/ Hospes comesque corporis/ Quae nunc abibis in loca/ Pallidula, rigida, nudula,/ Nec, ut soles, dabis iocos…”

18/ Mi hija Paz, por un pensamiento recordado de J. Lacan.

21 / Julia Otxoa, Taxus baccata, Madrid, Hiperión, 2004, p. 27.

Y versos que son ecos de Dámaso Alonso, de Sara Pujol Russell, de Inmaculada Moreno, Carlos Edmundo de Ory, Rafael Alberti, Lorca…

 

 

 

Agradecimientos. UN FINAL QUE FUE EL PRINCIPIO

 

A Ricardo Galán Urréjola, por la invitación a este viaje visual y sonoro. A Ricardo le gusta la sierra en moto. A mí me gusta pasear. Él percibe la maraña, la orgía, la velocidad. Yo propendo a la contemplación en la armonía. Ricardo tiene un feeling de la luz y la materia profundamente barroco.  Una parte de mí necesita sentir el mundo en zen. Ha sido apasionante descubrir todo esto: de qué manera al cifrarnos, desciframos al otro. Y a la inversa. De qué manera la otredad ilumina y ensancha la mismidad.

0 / Antonio Colinas, Noche más allá de la noche (1983), “Canto XXXV”. Se puede leer en Antonio Colinas, En la luz respirada, Ed. José Enrique Martínez Fernández, Madrid, Cátedra, 2004, pp. 242-243.

2 / Adriano, emperador de Roma, por un último poema que dedicó a su propia alma, dicen, antes de morir: “Animula, vagula, blandula/ Hospes comesque corporis/ Quae nunc abibis in loca/ Pallidula, rigida, nudula,/ Nec, ut soles, dabis iocos…”

18/ Mi hija Paz, por un pensamiento recordado de J. Lacan.

21 / Julia Otxoa, Taxus baccata, Madrid, Hiperión, 2004, p. 27.

Y versos que son ecos de Dámaso Alonso, de Sara Pujol Russell, de Inmaculada Moreno, Carlos Edmundo de Ory, Rafael Alberti, Lorca…