Perséfone y las rosas

I

Heroico es el dormir. Se duerme a solas,
y a solas se despliegan los catálogos
de viejas existencias de los sueños.
Una niña perdida, un laberinto
en gris: pasillos y escaleras
de caracol resumen el colegio. Soldados,
caníbales, gamberros, nos persiguen.
Buscábamos tesoros. Los tesoros
no se pueden coger. Sangre, sudor (no hay tiempo
para las lágrimas). Bombas bombas bombas bombas
del corazón. Garajes, galerías,
tráqueas, túneles. ¿Qué demonios haces
por el jardín otra vez desnuda? Me muero
de vergüenza. Inmóvil −Píííííí…..−
me va a arrollar el tren. Se abre la puerta
de Satán: ¡Ven! ¡¡Ven!! ¡¡¡Vennnnn!!!! El mar
se me echa encima. Chapoteo
en un fangal inmundo. Entre las olas
calientes como pis, y con el miedo,
es intenso el placer de amar a un cocodrilo.
¡Vuelo por la cocina! Cuánto duele
la raíz de los hombros
de tanto batir los brazos. Desde las azoteas
caigo a oscuras. Ellos están abajo.
(−Mira, Eloy, los zapatitos
del niño Jesús son estas flores). Ay.
¿Qué voy a hacer sin ti?
Voy por el aire frío. Muerta. Sola.
Mi ciudad se va haciendo más y más pequeña.
No lloro −no se puede−. Estoy muy triste,
sólo. No se puede
volver. Quiero llorar.

II

Heroico es el dormir. Pero también a veces
me visita Perséfone: catálogo de rosas
que nunca se repiten, que ya no volverán.
Doradamente muerta en el embozo
del estanque, de pronto, algo te llama.
Te llama dulcemente.
Te llama dulcemente el aura blanca
de una canción. Muy lentamente el cuerpo,
ala de musgo suave, sube, sube.
Muy dulcemente algo
definitivo espera
a flor del agua, sí, en la frontera
del aire con la luz. Más y más impaciente,
pero tan poco a poco, subo, subo…
La playa. Al mediodía
empiezan a llover sillares que, en silencio,
se posan en el mar. Del mar se eleva
−las doce en el reloj− un acueducto
en círculo perfecto. Celestes y oceánicos,
los ojos por los ojos de los arcos
van…
La luna de verano creció y creció, crecía
a la vez que bajaba, y a ras ya de la acera
me sorbió por la espalda: subimos en columpio,
escalando el perfume de las damas de noche,
por sobre las terrazas, más allá de los árboles.
Por dentro, contraluces añiles y esmeraldas:
los mares de acuarela de la luna,
llena de mí, bailando.

III

Es tarde. Se me cierran
los ojos. Se están cerrando solos. No, no quiero
soñar una vez más los turbios roles
de una niña perdida,
un laberinto en gris, pasillos y escaleras
nos persiguen las bombas bombas bombas
de caracol, cómo sangran los túneles
que duelen en el mar, cayendo a oscuras
qué voy a hacer sin ti, sin zapatitos,
ay,
a ver cómo te busco la noche de San Juan.
Apiádate de mí, Perséfone,
apiádate de mí,
que yo no voy, que yo soy el infierno.
Ya sé que los tesoros
no se pueden coger,
que aquí no hay primavera.
Pero mira mis ojos, mira
mis ojeras: tráeme flores.
Miénteme, por piedad, que hoy era abril
y el sol en el teatro de las rosas azules.