Taliesin (Retrato de familia hasta el Big Bang)

Yo he tenido muchas formas.

He sido una gota en el aire.

He sido una estrella brillante.

He sido una palabra en un libro.

He sido un barco en el mar.

                                                          He sido el cordón en el pañal de un niño.

He sido una espada en la mano.

He sido la cuerda de un arpa.

He sido un atizador en el fuego.

He sido un árbol en un refugio.

No hay nada en que yo no haya estado.

 

                Câd Goddeu (La batalla de los árboles),

                                                    Libro de Taliesin

 

I

Yo no sé dónde estaba

cuando mataron a Kennedy, Armstrong

pisó la luna, o Carrero voló.

Ni tampoco qué hacía aquel verano

de la guerra del Golfo, o cuando se caía

el muro de Berlín, o bautizaban

al Ébola o al Sida. No sé nada,

realmente. Mi memoria

es sólo un flujo oscuro que remonta mi sangre.

 

 

II

Cierro de par en par los ojos. Veo

la cálida penumbra de la osera

de una recién parida. Un muchacho

con la miel en los ojos en un rellano a oscuras.

Horno, muérdago y música: mi madre por diciembre.

Domingos de mi padre para enredar absorto

en el motor del coche más viejo del mundo

(la gente de posguerra no tira nunca nada).

Señor de pelo blanco se bifurca

–ilustre hipotenusa: soledad−

por el sendero tibio

de los tejados verdes y las vacas.

Tacones muy lejanos,

hortensias, crisantemos, margaritas:

mi abuela en su jardín, o la belleza.

Amor es una dama muy vieja que me mira

desde el sillón dorado de “petit-point”

que flota sobre el lago entre los árboles.

Cierro

de par en par los labios, y hay un hervor de historias.

La inocencia de un niño que mastica pan blanco

en un pueblo sin pan. Cuadernos escolares

de apagado cartón: huelen en su humedad

a carestía y miedo. Los trazos infantiles,

obstinados, no quieren aprender

el alemán. Camina que camina una mujer

por una interminable carretera,

levantando uno a uno

docenas de cadáveres: ninguno es él. Y siguen,

siguen, siguen, los muertos de ninguno

por una interminable carretera.

Haciendas volanderas que vienen y se van,

esmaltes, porcelanas, aquel Stradivarius,

cartas que no se entienden prensadas con las rosas,

mínimos artilugios –cepillo de bigote−,

enroscado en su pinza un ombliguito

seco… Ventura y desventura femenina.

Y tanto aburrimiento, y tanta tontería

de patatita frita en almidón.

Tétricos jesuitas confesores, turbios primos,

se asoman a sus óleos de sombra cuarteada.

Y es claro cuál fue el precio nocturno de París,

pero en la misa roja de San Bartolomé

no puedo resolver si fui sólo cordero

o fui también verdugo con mis fauces papales.

Blasones enigmáticos de modestos escudos:

un pájaro, un mendrugo, una torre

cuadrada, nuestro lema:

Nunca saldrás de aquí, y no los verás más.

(Y quién sería, alondra, el prisionero).

Finalmente, en forma de pantano,

las aguas que anegaron el antiguo solar

cumplieron su castigo de leyenda:

castros asolagados

de aquellos celtas, hijos de la luna.

 

 

III

Oh, sí, yo soy Taliesin surgido del caldero

de la gran explosión, la diáspora

de escombros o de estrellas, el milagroso instante

orgánico del agua, furia ciega

de los grandes reptiles, las errantes hordas

de animales guerreros, los soldados

de dios (de tantos dioses), vencedores, vencidos,

campesinos, señores, obreros y burgueses.

A la balsa minúscula de mi cuerpo se agarran

racimos como manos que emergen de las sombras:

yo siento, muertos míos, vuestros dedos.

Y aunque no sé qué hacía, dónde estaba

cuando los presidentes, el cohete, los virus,

soy reguero infinito de espadas y de heridas,

caudal interminable de risas y de lágrimas,

largo lamento

de avaricia y barbarie, de miedo y de locura,

y, por qué no, igualmente,

una lujosa estela, un ínfimo excipiente

de amor y fantasía, de ironía

y cultura. Y soy afortunada, muertos míos,

damas y caballeros y dinosaurios,

porque ahora mismo, aunque

no sepa para qué, aunque sospeche

que no siempre fue justo

ni acaso en absoluto necesario,

siento con cuánta urgencia, en medio del hastío,

sobrevivís en mí.