Síntesis de Ariadna

Io fei giubbetto a me de la mie case

Difícilmente
vas a salir de aquí cuando te pasas
las horas y las horas intentando
adecentar esta cueva: envuelta
en una nube de polvo y frenesí
que nunca se te acaba, y que tú barres
con estúpida furia, removiendo
todo el limo del aire. Difícilmente
vas a escapar de aquí siguiendo el hilo
del tendedero, colada tras colada,
como una vaca mansa que se lame
la herida de la suelta
con lengua de cordel. Difícil
convertir en palacio
de alta decoración este agujero
taponado de herencias desechables
e insólitos bibelots de veinte duros.
Y no creas: igualmente difícil
te puede ser volar en esos que tú llamas
chamánicos vïajes
por los textos de autores de muy segunda fila
(o de primera, qué más da):
fútiles ejercicios condenados
ya mismo al reciclaje, a la basura.
Consuélate pensando que donde ahora escribes
“cosmovisión”, “punto de vista”, “narrador
imprecatorio, símbolo del doble en la conciencia”,
un día victorioso puede poner DANONE,
(buena marca): a plátano o a fresa
sabrán las viejas alas derretidas
de Ícaro. Pues igual de inútil
que aguardes salvación por los alumnos:
no esperes interés, ni inteligencia.
Ni gratitud. Destrúyelos y acaba,
en lo que a ti respecta, el círculo infernal
educativo. Luego, confía en que tus hijos
salgan gente de bien, pacífica y honrada
(no arquitectos o jueces). Y más: que te perdonen
ese muro de gritos destemplados,
agrias lamentaciones
y omisiones flagrantes con que, entre clase y clase,
artículo y artículo, limpieza tras limpieza,
rodeaste su infancia. (Pobres niños:
trompetas y trompetas de Jericó).
Y no hay escapatoria por los lienzos
cegados de la carne. Canto y cal.

Cansada de dar voces, de hermenéutica vana,
de limpiar ensuciando, de ser una catástrofe
banal, en medio de estos lares
que tricotan mis babas y embisten mis neurosis,
me siento. Y espero, cuando espero, una
radical mutación de cromosomas. Pero,
por regla general,
me siento solamente
en medio de mi vida,
a veces me emborracho,
y ya no espero nada.