Psique

Tarde o temprano, Eros,

yo tenía que verte. No sé si tú lo sabes.

Quizá yo sospechaba que entonces tú te irías.

Quién sabe si, en el fondo, no lo hice a propósito.

Eso lo pensé luego. Entonces

creí que no podría vivir sin ti. No es cierto.

Viví al principio en un despecho airado. Más tarde,

una histriónica ira, una honda pena,

una tristeza mansa, un eco de costumbre

lejana de estar triste, y finalmente,

una sorpresa, casi,

si alguna vez pensaba aún en ti.

Lo siento. Hubiera sido,

no sé, más pedagógico,

un idilio sin término, o al menos más romántico

un final de tragedia, y no este desenlace.

Escúchame este otro, a ver qué te parece.

 

Tú vienes aún a mí, algunas noches,

fingiendo que es ayer. Yo finjo que se apagan

las luces de mis ojos. Puedes llamarme como

más te complazca (Dánae, Venus, Leda…).

Yo, pensando en quien quiera, mejor te llamo Eros.

Nos vale cualquier nombre. Digo

“tiniebla”, y todo se oscurece. Digo “olvido”,

y sólo quedan cuerpos sin memoria.

No me pondré los ojos. Si olvidara

dejarlos en la mesa, junto al vaso,

me coseré los párpados antes de que amanezca

y sabré estar dormida.

Qué lástima de amor. Con que sólo tuvieras

dos dedos de frente, todavía podríamos

ser la más ejemplar y ultramoderna

pareja esporádica de hecho.