Poderosa Afrodita (Didascalia)

Ahora que no te veo y no me oyes,

que hay un poco de calma,

voy a usar en silencio este silencio,

poderosa Afrodita,

para decir serena lo que a gritos

suelo decir, y algunas otras cosas que me callo.

 

Me creí acostumbrada a tu hermosura.

Cuánto me equivocaba. Ahora

que emerge de tu infancia otra belleza,

ahora que el deseo se ha mudado a tus ojos

y el aire se estremece en tu sonrisa,

a mí se me ha olvidado

la inocencia que tuve cuando era

adolescente espuma en días suspendidos

como nubes,

y no grávido mar con ley de luna.

Oh, guárdate de mí, guárdate

del hambre de mis sueños.

Pero atiende: ahora duerme

mi amor hostil, te vela

sólo mi buen amor, el que te dice

que el argumento de tu vida

debe contar algo para alguien

antes que llegue el fin. Y es bueno

que elija el corazón su cuento, pero el cuento

se inventa, palabra tras palabra.

Hay dones del azar, pero hay que abrir los ojos

para abrirles las manos, y aunque hay días

de rosas y de vino,

hay muchos otros días que sólo son trabajo.

Cómo podrás vivir sin haber aprendido

las reglas del relato, la astucia y la paciencia

para saber sacarse si es preciso

un sueño de la manga. Deus ex machina, sí,

pues nunca dijo nadie

que fuera fácil ser un ser humano,

si en las bases del juego va implícita la trampa.

Entiéndeme. Entiende

que aún he de inventarte, y aunque un día

te vayas,

yo obedezco mi ley, me obligo a mi camino,

el cuento que me cuento eres tú, Afrodita.

Y sé que me equivoco. Que tú ya no eres yo.

 

Ahora que no me ves y no te oigo,

que no sé si el silencio

se cierne en amenaza o si reposa,

poderosa Afrodita,

me acerco hasta tu puerta, llamo suave.

Te pido que esta noche

me inventes en tu fábula del buen amor

(nunca bastante bueno)

algún papel, aunque no sea lucido.

O no me cuentes nada, pero déjame entrar.

Está la noche oscura. No consigo

saber qué viene ahora, y tengo miedo.