Lira de Apolo

                                         A José Hierro, con su propio “Adagio para Franz Schubert” (La muerte es un amor que habla con el silencio)

 A punto de olvidar si me llamaba

Odiseo u Oudís,

si he sido una mujer, un hombre o nada,

al fin entro en el mar

como no imaginé que se pudiera

morir. Serenamente,

cumpliendo mi destino, me desnudo

de todo cuanto fui,

oh vida, y te devuelvo

la pesca milagrosa de los días

de amor y de aventura

cuando ya mi memoria entre la espuma

va perdiendo el sentido

y vuelvo a ser del agua todo el tiempo.

 

No sirven los discursos ensayados

con el decoro astuto y elegante

de la metaliteratura

(yo soy aquel que ayer no más decía

“no, Ulises, vivir no es necesario,

sólo es necesario fabular”)

allí donde terminan los teatros

y todo es realmente, y sólo, despedida.

Pero tientan los nombres, tenaces como estrellas,

y es preciso partir, si no con elegancia,

con cierta posmoderna dignidad.

 

Antes de que seamos

silencio, un mismo olvido

sin melena de voz al peine de los vientos,

déjame encomendarte, luz de la conciencia,

la inocencia del mar, que misteriosamente

nos trajo, nos sostiene y un día se nos lleva

con el mismo misterio, igual de generoso.

A ti, mar, te encomiendo todas las criaturas.

Es difícil vivir, y es fácil tener miedo,

y, aunque apenas sepamos lo que hacemos,

nos consuela pensar que el mal no prevalece

porque mundo y especie subsisten de milagro

a pesar de nosotros, los ángeles voraces.

Quién, luz de la conciencia, nos podría entender

sino el mar que nos trajo, el mar que se nos lleva.

Quizá en alguna parte, quizá en algún momento

podrían diseñar las proteínas,

a la sombra de un canto, el cuerpo del Edén.

 

Ahora que vuelve el alba

y en los rosados dedos de la aurora

hay leche de sirena,

temblando, deshilándome en la sal,

el aire se serena…

El aura clara ara, ora, era…

Pero ya no recuerdo, no consigo…

Y gira, lira… sube, nube, ave,

lluvia, huevo… fuego, mar, amor…

Amor… l´amor… il sole, l´altre stelle…