Laocoonte de Marlboro

A Juan Luis Arsuaga, engarzando a Aleixandre y Wilde en un collar de amuletos

Tiene que haber un modo de olvidar las serpientes.
Recordar, por ejemplo, cuando yo no fumaba.
El amigo invisible o el aire transparente
que fluía en mi cuerpo cuando yo me quería
y era, sin preocuparme de los ojos ajenos
ni de los ojos míos,
un árbol de la luz, criatura en la aurora.

Tiene que haber un modo de sustraerle al tiempo
los anillos de humo, ávidos, torpes, grises,
que estrangulan los niños que yo era:
el príncipe valiente y el gigante
egoísta (yo quise decir ángel,
yo siempre me traiciono).
Oh, pájaro de fuego de los niños
que tanto presintieron no poder ser felices:
quizá tú mismo fuiste quien incubó en el bosque
−sin prever el incendio, la tos o la ceniza−
las migas o los huevos de un sendero
de cigarros inútiles para volver a casa
o abrirles a los otros el jardín florecido.
Ya no hay casa, ni bosque, ni jardín, ni sendero.
Quizá nunca los hubo: sólo un hombre perdido
que sabe que tenía entre las ramas
del pecho todo el aire,
y acaso desde entonces también la nicotina
larvada en el deseo.

Sin embargo,
tiene que haber un modo
de sustraerle al tiempo sus íntimos anillos
o esta enorme ansiedad enroscada en el humo,
para volver a ser el transparente
arborícola aéreo,
ese mono simpático, natural y sencillo,
que soy cuando me olvido de mí mismo
y no me compadezco, y realmente me amo.
Ni príncipe valiente, ni gigante egoísta,
ni ángel traicionado, ni pájaro de fuego:
criatura
serena en el ozono de la aurora,
homínido eficaz,
perfecto en su pelaje o su desnudo.

(No sabe a laurisilva tampoco este Marlboro).