Géminis ante la tumba del dios desconocido

La espiral gigantesca del espacio
que sobre ti gravita o se desploma, no
depende de tu miedo, tu furia o tu tristeza.
Siempre está ahí. Tendrás que acostumbrarte
a salir de una vez de la crisálida
del nombre luminoso con que envuelves
la oscura tromba ciega que en este punto eres.
El punto no se mide: lo atraviesan
mínimo e infinito, innumerables
líneas de energía. Siéntelas, siente
en este mismo instante
cómo giran en hélice las iniciales tuyas:
es Ahora y aquí, Donde tú Naces,
el universo entero.
Irrádiate sin miedo, no finjas la modestia
que no tienes, porque a pesar de todo,
de todos, de ti mismo, vives.
Acostúmbrate. Estalla.
Ni destino ni azar: sé tu providencia.
No te escondas. No puedes,
tú, cuerpo desnudo
donde pesa la tierra, fluye el agua,
pasea perezosamente el aire y arde
devastador el fuego, suplicarles clemencia.
No hay más piedad ni amor
que los que tú te inventes, ni más fuerza
que pueda doblegarte que la tuya.
¿Mensajero de quién? ¿A quién ofreces
qué espejos y qué sombras?
Ahora que la vida te traspasa, álzate
del suelo, ofrécete a la vida,
sé de una vez por todas, mientras puedas,
el héroe del que nunca has descreído.