Fragua de Vulcano (y brindis)

                                                              A Bertrand Tavernier (Hoy empieza todo), en la Escuela de Frankfurt

                                                                                      Poi s´ascose nel foco che l´affina

 A mis alumnos sólo pediría

que al menos consideren

lo que vale el trabajo.

Día a día, Vulcano, deforme y sudoroso,

ha herrado sus cabezas para

hacer su pensamiento al paso del saber,

que es noble y libre, sí, pero costoso,

y, casi siempre,

los potros se escabullen,

se duelen y dan coces.

Se hace lo que se puede. Luego,

no depende de mí el trote de la ambición

o el galope celeste. Mi oficio se ejecuta

sin excepción: aunque yo los distinga

(el ojo no es infalible, pero va sabiendo),

briego lo que me toca:

rocines o pegasos, al fin, caballos son.

El hierro es duro. Su sabor es dulce.

A nada se parece tanto como a la sangre.

La fragua lleva tiempo. El mineral existe,

existen los metales, sin duda existe el fuego.

Pero nadie regala martillos, herraduras,

cedazos, fuelles, músculos,

golpes, clavos, paciencia.

Mis brazos acumulan

cansancio, mis oídos fragor y mis noches

vigilias. A veces juraría

que van a estallar mis sienes. Yo también

me equivoco. Más que nadie

me aburro. Acaso

no era mi sitio el yunque. Quizá también por eso,

al cabo de los años el herrero agradece

(Se canta lo que se pierde: lorito,

lorito verde, buenos días)

el belfo cariñoso que libremente acerca

algún que otro caballo. (No hay horno que no acuse

las horas descompuestas, la tórrida ternura

de los relojes blandos).

No sólo lleva tiempo: la fragua es el tiempo

que va aprendiendo a arder.

Pero no esperéis dádivas

del cielo: hay rayos que se caen,

también hay Prometeos, pero el fuego

no prende, no se queda en la blandura

de los húmedos sesos de las algas.

Palabra de Vulcano, oh, alumnos.

 

(¡Eh, tú, el forjador de alegorías!

Ve apagando el volcán, que pintan copas.

Ya están aquí los idus de septiembre.

Ya volvieron.

Llueve su desaliento sobre mi corazón.

¿O era al revés ? Mi desaliento llueve…

Lluevo… Llueve…

Da igual: ponle otro vino a este maestro.

Y otro. Y otro más. ¡A tu salud!).