Eros se explica un poco

Me estorbaban tus ojos. Te impedían

descender por los ríos de la carne

y remontarlos luego, lentamente,

a flor de piel. Mejor hubieran sido

ojos de mariposa: ocelos, sí, sedosos

círculos pintados que no ven,

que aletean. Mis párpados,

membranas fragilísimas que vibran por sorpresa

desde el centro del vientre, no resisten la luz.

Niño y pez, no quise que me vieras.

En medio de la noche suaves túneles

podía yo fingir

que hicieran de tu cuerpo luminoso

una amante vidriera, y tú podías pensar,

en el camino oscuro de mis manos,

caricias musicales

de un sendero muy hondo de puntos como estrellas.

Para que no tuvieras

miedo de mí. Para que no me hirieras

al filo de tus ojos.

Agudísima Psique, todavía

quieres poner las reglas, no comprendes

que de niños y peces ya no comprendes nada.

Yo no quiero jugar, yo soy el juego.

Y tú rompes el agua, y no me ves.