Caduceo de Hermes (Feérica)

On dirait qu´une fée a passé dans cela!…

Rimbaud  (“Les Étrennes des orphelins”)

Suavemente me llega
quizá desde el cansancio perezoso
el silencioso movimiento
de una mujer mayor que está planchando,
absorta en sus dobleces,
una sábana blanca.
Esa blanda paciencia, tenaz y delicada,
que es y que no sabe que es caricia,
se me eriza en la nuca, en la espalda, en los codos,
más abajo del vientre. Dulcemente
soy su hombro, su brazo, la plancha, soy el áspero
lienzo limpio, el tablero y la manta, soy el aire
poroso, estremecido,
la luz de media tarde, la habitación, la casa
y el silencio: una espiral de gozo
que fluye de la piel de la cabeza,
que recorre los vellos verticales,
que agita remolinos en el sexo
y desde el sexo gira, gira, gira
esparciendo hacia abajo y hacia arriba
océanos de anémonas que ríen, ríen, ríen
la tranquila sorpresa del placer infinito.

Oh, cuerpo, qué ternura
el gesto por el aire:
una mujer mayor que plancha absorta,
que estira despaciosa el hilo con que cose,
unas manos sin prisa
envolviendo en papel morosamente
una caja de lápices, un niño
pasando entre los dedos uno a uno
sus arrugados cromos de colores,
o la curva del brazo que se extiende
para alcanzar un libro que, rozando
la siesta de otros libros, se desliza en su balda:
contra un rayo de sol
espejean en éxtasis los átomos del polvo
volando por un sueño de doradas serpientes.
Y, sí, me quedaría, cuerpo sabio,
no importa con qué excusa,
aquí, por siempre aquí,
en este suave mimo,
entornados los ojos, deshaciéndome
despacio, muy despacio,
en la felicidad del mundo de las cosas.