Cabellera de Berenice

CABELLERA DE BERENICE
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Pude yo haber escrito
los anuncios por palabras más tontos
cualquier noche: “Mujer desesperada,
aburridísima,
ruega a extraterrestre piadoso
se sirva abducirla verdaderamente lejos”.

Luego me lo pensé mejor. Yo no podría
vivir sin vertical azul celeste
en un vértigo negro de fugitivas luces,
sin días y sin noches, sin ventanas
al aire o con ventanas
virtuales, Windows-equis.
No soy más que un mamífero
que sin mesura sueña entre los límites
de su propio planeta. Lejos, pero no mucho
en términos siderales:
París en primavera, o una balsa
para bajar sin prisa el río Colorado.
Otoño canadiense, y en invierno
África, quizá. Ejemplos, sólo.

Ni muy lejos ni siempre.
Dependo de las cosas de mi ignota
guarida: mi café, mi tabaco, mis trayectos
rituales, esas gentes amables que dicen
“Buenos días”,
y el olor que mi madre se deja en los pañuelos.

Ahora que recrudecen los indicios
de vidas alienígenas, conviene
ser precisos: “Homínida terrestre insatisfecha
de la antinomia entre su ser tan leve
y su vida de plomo, quiere, para variar,
un poco de turismo planetario.
Y aunque preferiría deber su desahogo
al éxito profesional, realmente se conforma
con una generosa lotería”.
Sí. Conviene precisar, no sea
que hubiera por ahí algún extraterrestre
igual de aburridísimo o piadoso
con ganas de abducir
erráticas criaturas sublunares.

Posdata algo más lírica:
“Amable extraterrestre: tú que pasas, detente
en esta risueña estela de palabras que
viajan por el espacio: son también estrellas,
cartas de luz que acaso lleguen tarde
tendiendo sus deseos imposibles
contra el blanco del tiempo, como acaso
alguna vez podrías hacer tú”.