Quiñones en la prensa (2006/11/29)

QUIÑONES EN LA PRENSA, O EL TALLER DEL ESCRITOR (II)

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Aparte del volumen con los dos relatos que Fernando Quiñones dejó en borrador, este mismo año acaba de aparecer, publicada por el Grupo Joly (propietario de Diario de Cádiz), una antología de sus colaboraciones en este periódico. Bajo el título El baúl del pirata. Colaboraciones en Diario de Cádiz, 1951-1998, Cecilia Martínez Bienvenido y yo hemos escogido 85 de un total de 574 textos censados en apéndice. Hay en ellos de todo: series de viajes por el extranjero y por España, entre las que destaca «Alemania 1960» (una visión de este país justo antes de la erección del muro de Berlín), y «Viajes por la sierra de Cádiz» (1972), originalmente publicada en Ya. Constantes, valientes y atinadas fueron sus colaboraciones cívicas en defensa del patrimonio arquitectónico gaditano, amenazado por la especulación inmobiliaria desde los años sesenta. Esporádicos pero emotivos fueron sus reportajes-entrevistas: los efectuados a Ernesto Cardenal en Managua (1973) y Rafael Alberti en Roma (1975). Hay reseñas y perfiles literarios, y de éstos sin duda los mejores son los dedicados a sus maestros y amigos Jorge Luis Borges y Luis Rosales, junto a las evocaciones de la revista Platero (1951-1954), auspiciada por Juan Ramón Jiménez y protegida por Pemán, del festival de cine Alcances (que Quiñones fundó y dirigió para Cádiz de 1969 a 1979), y el panorama sintético pero magnífico de la influencia norteamericana en las letras españolas. Luego, aparte de que lo más usual es la columna típica de una firma periodística (muy libre en tema y forma, sólo condicionada por el espacio disponible), destacan los textos de carácter más personal y creativo, dentro de un periódico eminentemente noticioso (no literario). Así, es muy original la serie titulada «Las mijitas del freidor» (1990-1994), en alusión a las migas o restillos de fritura que van quedando en los típicos freidores gaditanos de pescado. Estas mijitas, cuyo origen está en las greguerías ramonianas (muy populares entre los escritores de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta), constituyen una especie de dietario personal donde el autor entrevera anécdotas (particularmente hilarantes las de Pepe Hierro, Antonio Gala y Félix Grande), recuerdos literarios, pensamientos, agudezas, citas de lecturas, reflexiones sobre la muerte (particularmente insistentes en sus últimos tiempos), primicias de poemas propios o ajenos (un «Sed astutos como serpientes» de José Agustín Goytisolo; un poema propio que pasaría a integrarse en sus Crónicas del Yemen [1994]), reflexiones sobre sus obras y su relación con lectores y editores, e incluso, cerrando el bucle, una mijita metaliteraria donde explica cómo escribe él estas colaboraciones. Curioso también es ver cómo, dentro de la serie divulgativa «El baúl de las sorpresas» (1993-1994), Quiñones no se limita a espigar prosas y versos ajenos, sino que a veces se adentra en el versionamiento: «El infinito» de Leopardi (en colaboración con su mujer —y emparentada con Leopardi— Nadia Consolani), un Raymond Queneau, un soneto de Shakespeare, canciones populares árabes, etc. De otro lado, se publican aquí poemas y cuentos que se dan como inéditos: hay un precioso poema «A Cádiz» que no hemos encontrado en ninguno de sus poemarios, y un azoriniano homenaje al Quijote, «Caballero andante», que no llegó a integrar ninguna de sus colecciones de relatos. Quizá las dos perlas de esta antología sean dos borradores de textos provisionalmente aparcados. En uno de ellos, «Cosas raras (Hebras de una novela abandonada)» (1991), reconocemos el origen de «Todo un verano para el padre Alfonso» (El coro a dos voces, 1997). Pero el otro, «Tapa (de cocina) de una novela abandonada. Un retrato de Río» (1992), realmente se quedó en el tintero, con su descripción de la megalópolis brasileira y un conato de intriga fantástica que hace juego con los últimos borradores que dejó inconclusos.

En fin, estos textos rescatados del sueño de la hemeroteca no sólo nos regalan el milagro cotidiano de una vida intensa y generosa, sino también ese baúl de sucesos, recuerdos, sueños, ilusiones, encuentros y lecturas de los que se nutre la verdadera literatura: la que opera la transustanciación alquímica de todo lo vital.

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