Moreno Villa en su propia habitación (2009/03/12)

MORENO VILLA EN SU PROPIA HABITACIÓN

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Un afortunado azar me puso en las manos la edición que en 2006 hizo Visor de la autobiografía de José Moreno Villa (Málaga, 1887-México, 1955), Vida en claro (1944), que no había vuelto al mercado desde la reedición que hiciera el Fondo de Cultura Económica en 1976. Me intrigó la delicadeza con la que Juan Pérez de Ayala concluía su escueto prólogo: confesando cierta envidia de «ese lector que se encuentra con este libro por primera vez, porque son pocas las ocasiones en que tiene la fortuna de disfrutar de unas páginas tan sinceramente humanas». Es cierto. Vida en claro, excelentemente escrito, es un libro singular en su época, porque, más allá de las memorias, es realmente una autobiografía, es decir, una historia del yo íntimo que, tal como la plantea su autor, consiste en la asunción del azar como destino. No en vano el autor termina desvelando que lo ha redactado pensando en el hijo que le acaba de nacer, para que algún día llegue a saber quién fue su padre.

De pulso lírico es el arranque de esta introspección: Moreno Villa se adentra en la «topografía de la casa paterna» para dar un retrato de la familia a través del espacio, de las habitaciones. Él mismo explicó años después que, para superar el pudor (tan español) a descubrir la intimidad, «traté de ir revelando mi modo de ser o de reaccionar valiéndome de los ambientes cuando no encontraba el modo de decir lo que quería con la eficacia necesaria». Estima Anna Caballé, en su monografía Narcisos de tinta (1995), que el autor, «como la mayoría de introvertidos convierte su cuarto en el único espacio habitable en realidad», y que esos cuartos bien hubieran podido «dotar de un orden profundo su autobiografía. Pero Moreno Villa era demasiado discreto para atreverse a ello». Demasiado discreto… Tal vez. Pero a veces en lo que no se dice hay que ver más la caballerosidad que la cobardía. Y no se puede olvidar el peso del destinatario: ¿qué imagen querría cada uno de nosotros que prevaleciera en algo tan íntimo y delicado como es un hijo? El del autor había nacido en 1940, y cuando esto escribe, en 1943, a los cincuenta y seis años de edad, lo hace «acongojado por haberte traído al mundo en el declive de mi vida», considerando su edad, dice, «como si fuese la luna».

De aquella casa malagueña inicial que alza Moreno Villa nos sorprende la profundidad en la descripción del padre, cuya habitación daba al mar: «Ahondando más, me atrevería a decir que el carácter de mi padre se asemejaba al mar, porque nunca le conocí proyectos. Y así como en el mar no hay caminos fijos, tampoco los hubo en la vida de mi padre. Tal vez ella no fue otra cosa que una onda marina impelida por la providencia, sin más control que el fluir correctamente dentro de la sociedad con el menor rozamiento» (pág. 11). Es curioso cómo con la edad el escritor escarba en la figura de un padre que en vida fue mucho más débil y desdibujado que la madre, auténtico motor de la casa. Uno sospecha hasta qué punto pesa la situación actual del que recuerda en su revisitación de la memoria, del pasado.

De sí mismo dice el autor que toda su vida anheló tener una habitación propia: «La busca del cuarto apropiado no era otra cosa que amor a la soledad». Qué curiosa sensibilidad, tan woolfiana, la de este hombre que, en busca de sosiego para leer, estudiar, escribir y pintar, se vio abocado a una vida nómada con un constante sentimiento de interinidad, como si de alguna manera pesase sobre él la indefinición de su cuarto de niño, situado entre el norte y el sur, carente de una orientación única.

Perspicaz (y mironiana) es la percepción que muestra Moreno Villa de cómo influyó en toda su familia la situación de enfermo crónico de su padre, en una casa con dinámica «amortiguada» o mortecina que condicionó su modo más íntimo de ser: «Cohibición y voluptuosidad; éstas fueron en mí las consecuencias de la dinámica regida por la muerte». Es en 1910 cuando aterriza en Madrid el discreto hijo de familia que ha estudiado química en Alemania (1904-1908) pero, para disgusto de los padres, no ha terminado la carrera porque quiere dedicarse a las letras. En la capital de España don Francisco Giner de los Ríos lo puso en contacto con Manuel Gómez-Moreno, que le permitió dar salida a su vocación de historiador del arte y dibujante en torno a tres círculos: el del Centro de Estudios Históricos, el de la Residencia de Estudiantes (a la que le atrajo su «casi hermano» Alberto Jiménez Fraud y donde se alojó de 1917 a 1936), y el Ateneo de Madrid. A partir de esta fecha alza el escritor su testimonio de los años y las gentes de la llamada Edad de Plata. Al lector le agrada la inteligencia elegante con que Moreno Villa retrata a los artistas e intelectuales entre quienes se movió, con habilidad para ensartar pequeñas anécdotas significativas y con una contención de la propia vanidad bastante insólita en los ambientes de letras. Así, refiriéndose a Unamuno, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset, se pregunta el autor: «¿Puedo llamar amigos a estos luminosos personajes con quienes tuve alguna relación? En general, no. Fueron como las musas, casi incorpóreas. Espíritus amigos en todo caso» (pág. 67). A los miembros de la Generación del 27 los trató como colaborador del Centro de Estudios Históricos e inquilino de la Residencia, y resultan sobradamente conocidas sus impresiones sobre Lorca, Dalí y «el gran loco» Buñuel, así como sus recuerdos del jurado que integró cuando el Premio Nacional de Poesía recayó en Rafael Alberti. Más acerados son sus juicios sobre pintores (Gutiérrez Solana, Romero de Torres, Vázquez Díaz…).

Al hilo de los años y leguas vienen también los amores y los propios escritos. Fue también Moreno Villa un poeta en Nueva York, adonde le llevó un episodio sentimental que no terminó en boda con la mujer a quien dedicó el poemario Jacinta la pelirroja (1929). En Vida en claro habla de su romance respetando el pseudónimo de la amada, lo que le permite (sin romper el decoro) una libertad bastante insólita en un tema como es el de las relaciones extramatrimoniales, que no era costumbre tratar por entonces (piénsese en los primeros libros de La arboleda perdida, por no hablar de las memorias de los recatadísimos Azorín y Baroja). Sus impresiones neoyorkinas no están aquí porque a ellas dedicó los artículos que luego reunió en Pruebas de Nueva York (1927). En cambio se recrea en explicar sus libros, sobre todo los de poesía, que ganaron hondura a raíz del exilio.

Moreno Villa fue republicano y llegó a contribuir al romancero de la guerra inspirado por la «musa miliciana». Pero quien escribe este libro es un hombre que nunca se sintió político («Creo que la política ha sido siempre un sistema de recursos para tener en la mano al pueblo») y que ha vivido para ver cómo «nuestra pobre República no sabe todavía el mal que le acarrearon muchos de estos pestíferos engendros [los arribistas] enviados acá y allá con embajadas, compras de armamento y otras canonjías» (pág. 168). Tempranamente trasladado en 1937 a América, en misión cultural, el escritor no volverá a su patria, sino que se afincó y se casó en México. Para Moreno Villa, sugestionado por las misteriosas «correspondencias», no dejó de ser algo así como un destino: su cama de niño, en la habitación que estaba entre el Norte y el Sur, estaba decorada en el cabezal, sin que supiera por qué, precisamente con un escudo mexicano. Y sobre su vida trenzaba él misteriosas casualidades, como esa «M» de su apellido Moreno y de sus tres geografías existenciales: Málaga infantil, Madrid juvenil, México maduro.

Sus años allí fueron intelectual y artísticamente muy fructíferos. De todos sus poemas quizá sean estos versos algunos de los más entrañables:

No vinimos acá, nos trajeron las ondas.
Confusa marejada, con un sentido arcano,
impuso el derrotero a nuestros pies sumisos.

Nos trajeron las ondas que viven en misterio.
Las fuerzas ondulantes que animan el destino.
Los poderes ocultos en el manto celeste.

(…)

Era dulce vivir en lo amoldado y cierto,
con su vino seguro y su manjar caliente,
con su sábana fresca y su baño templado.

(…)

Era normal la vida: el panadero, al horno,
el guardián, en su puesto; en su hato, el pastor,
en su barca el marino, y el pintor en su estudio.

¿Por qué fue roto aquello? ¿Quién hizo capitán
al mozo tabernero y juez al hortelano?
¿Quién hizo embajador al pobre analfabeto
y conductor de almas a quien no se conduce?

Fue la borrasca humana, sin duda, pero tú,
que buscas lo más hondo, sabes que por debajo
mandaban esas fuerzas, ondulantes y oscuras,
que te piden un hijo donde no lo soñabas,
que es pedirte los huesos para futuros hombres.

Particularmente conmovedor es el último capítulo de esta Vida, «Aterrizaje y despegue», donde Moreno Villa dialoga con su hijo y hace, en prosa y verso, balance de su vida. Con la distancia que da el tiempo, mueve a simpatía aquel hombre inquieto y exigente que nunca se conformaba con lo hecho:

Años, montón de años, gran Edad,
toda una luna de años he vivido,
y no supe, no quise,
o no pude acabar nada perfecto.

Desmintiendo la sensación de fracaso, Vida en claro es un digno fruto de la Edad de Plata. Un libro que pudo ser más explícito o indiscreto, pero que tal como es resulta enormemente rico, precioso en su hechura y en su nobleza, en fin, emocionante.

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