Matute, dama del unicornio (2009/03/26)

Matute, dama del unicornio

MATUTE, DAMA DEL UNICORNIO

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Mucho tiempo llevaba Ana María Matute incubando esta novela que acaba de aparecer: Paraíso inhabitado (Barcelona: Destino, diciembre de 2008). Quizá el motivo de posponerla tantos años haya sido su misma índole: se trata de una especie de memorias infantiles noveladas más allá de la fidelidad literal a la historia. Dicho de otro modo, es una especie de autobiografía espiritual de un tiempo que está en el origen de la escritura de la autora y que sólo ahora, cuando ella cuenta con 83 años, es evocado en un deliberado gesto de clausura de círculo, de testamento vital. La autora declaraba en entrevistas que a veces se veía obligada a detener la escritura porque le dolía la memoria.

Todos los testamentos vitales están impregnados de una singular emoción. Hace mucho tiempo que Ana María Matute explicó que ella fue una niña rara y sostuvo que seguía siendo esa niña, exactamente esa niña a la edad de doce años, que es aproximadamente la edad de la protagonista de Paraíso inhabitado, Adriana, y la época en que transcurre la acción: hacia 1938, en el filo entre la II República y la Guerra Civil. Hacia 1938 Ana María, como su Adri novelesca, había atravesado enfermedades graves en un fanal de sábanas y cuentos maravillosos, había podido comparar la suave comodidad de su hogar burgués con la dura libertad de los niños sin infancia, y descubría qué hondo era el abismo que la separaba de las niñas de clase bien y las monjas del colegio. Para entonces, en ese punto en que chocan niñez y preadolescencia, ya existía una Ana María hija de una madre distante, una niña sedienta de comprensión (comprenderse, comprender, ser comprendida), defensora de una infancia que ella a veces ha dicho que en realidad no fue feliz pero que se negaba a abandonar justo cuando se asomaba a las turbias historias de los mayores, a los abismos de la conciencia. Para entonces, en 1938, Ana María ya había descubierto que ella era maga, porque una vez que la castigaron al cuarto oscuro sacó un terrón de azúcar del bolsillo y al partirlo vio en la oscuridad una chispa azul. Y para entonces, en 1938, Ana María, que desde los cinco años armaba sus propios cuentos y que tenía un pequeño teatro donde representarlos y un muñeco negro de trapo para contarle injusticias, ya tenía muy claro que donde leía en grandes letras «Hans Christian Andersen» un día iba a poner «Ana María Matute». No se equivocó.

Claro que Matute se reveló como una novelista de corte existencial y neorromántico, o de un realismo poético (esto, en términos de José Domingo): Los Abel (1948), Fiesta al Noroeste (1953), Pequeño teatro (1954), En esta tierra (1955), Los hijos muertos (1958), Primera memoria (1960), Los soldados lloran de noche (1964), La trampa (1969). La fantasía más desbocada acompañó a la escritora desde el principio pero no vio la luz hasta la segunda fase de su carrera: la que se inicia en los años setenta con La torre vigía (1971), una especie de libro de caballerías o novela gótica, más bien un romance, en el sentido que da a esta palabra la crítica anglosajona desde Clara Reeves, que fue mal entendido en su momento pero que también fue el germen primero de lo que, tras veinticinco años de silencio literario casi absoluto, en gestación lentísima, en paciente espera de que cambiasen los gustos y prejuicios literarios, y pasada una depresión, daría el magnífico y exitoso Olvidado rey Gudú (1996), cuyo humor se trocó en atmósfera legendaria en Aranmanoth (2000).

Paraíso inhabitado es una novela que, como ha visto la crítica, enlaza con Primera memoria, historia de adolescentes que, sobre el fondo de la Guerra Civil, se inician en la crueldad de la vida. Pero este paraíso de ahora contiene elementos que, ya sea en clave realista, ya en clave maravillosa, se relacionan con Olvidado rey Gudú: la magia de los espacios durante la noche, tiempo mágico en que también cobra vida y escapa de su marco el unicornio de un tapiz; la necesidad de vivir escondida en el envés de la casa; la identificación del unicornio con un muchachito que parece un príncipe de cuento ruso (el libérrimo y también solitario Gavrila); la sombra de la muerte en un mundo que está a punto de extinguirse como si fuera la historia del Rey Cuervo; la iniciación al vino que da calor al corazón en medio de la tristeza…

La última novela de Matute es la historia de cómo una infancia solitaria se convierte en germen de un lenguaje y un mundo propios, de la capacidad de fabulación. También es, observa José María Pozuelo Yvancos, una novela de iniciación al sufrimiento: el dolor de un hogar sin afecto, de no comprender el mundo de los mayores, de sentirse más a gusto entre criados que con la familia de sangre; la opresión de los espesos convencionalismos de la burguesía de entreguerras; la oscura amenaza de lo que está pasando fuera con la quema de conventos; y un primer amor maravilloso con el que acaba una meningitis y también la edad. En todo el universo ficticio de la autora catalana late un leitmotiv elegíaco, por veces trágico: la pérdida de la inocencia original, el intenso deseo de retornar a una edad de oro que jamás existió más que en los sueños de infancia. De ahí el título de la novela: ese paraíso, sí, pero inhabitado, responde al «puro deseo de alcanzar o de recuperar algún lugar que me pertenecía, y que todavía no había encontrado» (pág. 128). De hecho, ese lugar es más que nada ficción: son los cuentos y el cine, y de manera más intensa el disfrute de esos mundos mágicos en compañía: en compañía del amigo y amor blanco Gavrila, del padre en un día que nunca se repitió, de las tatas María e Isabel en la cálida cocina.

La novela está narrada por su protagonista desde la perspectiva del asombro infantil. Para Pozuelo Yvancos lo más logrado es ese juego del punto de vista inocente que no comprende pero sí deja entrever el misterioso trasfondo del mundo de los adultos o «Gigantes», esos que nunca hablan claro sino que «medio dicen» las cosas. Es Matute una heredera del romanticismo cuyos héroes suelen situarse fuera, excluidos por una sociedad que antes de entenderlos ya los ha sambenitado como «malos». Así, Adri, la niña que escoge la invisibilidad y que, criada en un ámbito sin risas, sin franqueza, sólo aprenderá a expresarse a través de la ficción, de la máscara interpuesta, de los títeres de su pequeño teatro. Hay escenas y pasajes memorables en estas páginas, empezando por la primera y rotunda frase, que es como una predestinación: «Nací cuando mis padres ya no se querían». Y culminando en la reflexión poética: «tal vez la infancia es más larga que la vida» (pág. 66). Cuando la protagonista descubre la felicidad y la libertad junto a su tía Eduarda, y se ve reflejada en los espejos de un hotel, escribe: «creo que por primera vez en mi vida deseé entrar en mis ojos» (pág. 67). Cuando pierde de vista a su tía e ingresa en el mundo oprobioso del colegio, explica: «Nunca hubiera podido imaginar que una ausencia ocupara tanto espacio, mucho más que cualquier presencia» (pág. 72).

Hay aquí asimismo algo que se nos hace muy evidente a los lectores, especialmente a los que tengan menos de cuarenta años; es la misma sensación que producen los relatos de la Celia de Elena Fortún: la de que ese mundo férrea y despóticamente clasista, que explica tantas rebeldías extremosas entre las filas de la burguesía, ya no existe. Y que el dolor que engendró resulta por tanto un dolor antiguo, muy antiguo. De modo que una sensibilidad atrapada en ese dolor resulta en cierto modo trágicamente fantasmal. Claro que, más allá del contexto histórico, está la universalidad de una historia que consiste en algo que Matute ha tratado una y otra vez en sus novelas y también en sus relatos juveniles (pienso en El polizón del Ulises): el drama de que todos los niños crecen, menos Peter Pan. Y una promesa de retorno a la infancia, a la pureza original, que puede resultar sobrecogedora. Cuando el niño Gavrila le dice a Adriana, la protagonista: «Me iré, como tú también te irás, porque todos los niños nos vamos. Pero volveré. Te lo juro, yo volveré a por ti, Y tú me reconocerás» (pág. 295). Y algo más adelante dice la narradora, «Cerré los ojos y esperé. Creo que he pasado la mitad de mi vida esperando» (pág. 373). Dentro de la lógica poética el lector presiente que ese regreso se parece mucho a la muerte. En cierto modo, es la tragedia del unicornio, emblema de la fuerza de la pureza: el hermoso y fantástico animal sólo se rinde ante la casta doncella, pero, al acercarse a ella, a su regazo, se convierte en la presa del cazador, que es el tiempo y el mundo.

En fin, los seguidores de Ana María Matute tenemos en esta novela una hermosa metáfora de su poética y dramática, romántica sensibilidad de dama del unicornio.

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