Matilde Donaire o la catarsis de la memoria (2008/09/29)

MATILDE DONAIRE, O LA CATARSIS DE LA MEMORIA

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

A veces se encuentran pequeñas joyas de autores desconocidos que han sentido la necesidad de contar algo, lo han hecho y luego han continuado con su vida habitual. Este es el caso de Matilde Donaire Pozo, una sevillana de la generación del cincuenta que un día, ya entrada en edad, decidió contar la historia de su infancia: «Me quedan pocos años para poder contar en voz alta la experiencia que vivimos los niños de la postguerra, como hijos de vencidos. Cuando gracias a la transición democrática pudimos empezar a comunicar nuestras experiencias sin bajar la voz, yo tenía cuarenta y tres años. (…) Nadie que no haya sufrido esa experiencia puede imaginar lo que significaron esos años de exilio interior».

Estas pequeñas memorias, dice su autora, «no tienen otro mérito que el de su autenticidad y el haberlos escrito sin rencor, con el espíritu de conciliación que aprendí de mis padres. A ellos, mi devoción y gratitud eternas». Y en verdad que a menudo se echa en falta hoy en día este espíritu de conciliación, pues no es infrecuente que las memorias ajenas sean explotadas por quienes, sin delicadeza ni sentido de la responsabilidad, sólo quieren rentabilizarlas en términos electorales, políticos.

Raíces de la esperanza (Sevilla, 1995), prologado por la poeta Pilar Paz Pasamar (amiga de Donaire) es un conjunto, dice su autora, de relatos: en realidad sus breves capítulos yuxtaponen resúmenes de experiencias, cada uno en torno a un eje central de personajes y acontecimientos. «La niña en el claustro» es el capítulo más extenso porque es el que explica el origen de la historia, y a él le siguen otros siete mucho más breves: «El padre Amerio», «La procesión», «La hermana Sacramento», «La Cruz del Campo: 1940», «Mi calle», «Carta abierta a los Reyes Magos», «Un día de mayo de 1945» y un octavo y último que sirve de colofón al cabo del tiempo y cuyo título es simbólico: «Amaneceres».

El origen de esta historia, dramática aunque se cuente sin dramatismo en tan sólo 57 páginas, es el contraste entre una primera infancia vivida con sus padres y su hermano en una pequeña aldea minera, entre flores y juegos, y el estallido de la Guerra Civil, que llevó al padre de Matilde a huir (era maestro republicano) y dejar solas en la casa a la madre, la tía, la abuela y los niños, mientras el pueblo pasaba a manos de hombres suponemos que falangistas o nacionales. Tras los tres largos años de contienda y muchas cartas recibidas de un padre lejano, en destino desconocido, acaso preso (era aquel un mundo de palabras a medias y realidades escondidas), se decidió ingresar a la niña en un convento de clausura de Sevilla donde vivía una tía. Matilde tenía siete años cuando un 12 de octubre de 1939 ingresó como una novicia más: vestida de hábito, sin juguetes, junto a otras seis niñas algo mayores. Casi cinco años transcurrieron al margen del mundo, entre mujeres buenas pero a las que no les estaba permitida la ternura y sí la disciplina.

Donaire va rememorando los hechos desde una posición cambiante, entre nítida y nebulosa, que mezcla el punto de vista de una niña ignorante de los acontecimientos con la descripción de sentimientos muy vívidos y con las reflexiones psicológicas que se hace una persona mayor. Algunos de estos comentarios, efectuados con toda serenidad, conmueven ciertamente al lector:

[…] todo era sobrecogedor y, sin embargo, sereno. Y sobre todo, pensar que ese sería mi ambiente, mi mundo, mi familia, por un largo período de tiempo.
Me gustaba la iglesia donde me refugiaba […], comencé a asirme con fuerza —como he hecho muchas veces más en mi vida— a aquellas oraciones musitadas casi durante todo el día, a la vida interior que llenaba los largos silencios. Silencio, fervor, unión con Dios.
Siempre he considerado esto fundamental y beneficioso y sobre todo recién salida al «mundo», cuando todo me lastimaba y me consolaba musitar el salmo De profundis clamavi ad te, Domine (…). Lo que más me costaba eran las interminables tardes de costura, sentadas a la vera del jardín. ¡Tantas horas de quietud forzada cuando se movían en libertad los pájaros y las hojas de los árboles del huerto! […] ¿Es posible sumir en el recogimiento más profundo a siete años alegres, traviesos, incontrolados, mimados? Es posible. Nunca sabré a costa de qué (págs. 19-21).

A partir de esta rutina vienen los pequeños —y tan grandes— acontecimientos que quebraron la monotonía: una inesperada visita del padre, a quien se ingeniaron las monjas para que la niña pudiera abrazar saltándose la reja conventual; la ternura del padre Amerio, que debió de darse cuenta del sufrimiento moral que constituía para una criatura pensar que su padre estaba preso, de modo que él se encargó de hacerle saber que su padre era un buen hombre; los ínfimos atisbos del mundo exterior a través de una ventana de entresuelo; una enfermedad misteriosa (acaso una profunda depresión infantil) que hizo que se ocupara de ella personalmente la hermana Sacramento; otro encuentro con el padre, en 1940. La salida del convento a los doce años, el reencuentro con la familia, incluido el padre amado, en una casa humilde donde unos parientes les cedieron tres habitaciones. La infancia en una época en que era impensable escribir («pedir algo») a los Reyes Magos. La venganza de la hija de vencido que, en el Instituto, el día que vino Franco triunfalmente a Sevilla, un 7 de mayo de 1944, se negó a salir a saludarle con profesores y alumnos y se ganó así el respeto de los maestros que también estaban allí mal vistos y bajo sospecha. El último capítulo, reencuentro con los viejos lugares de la infancia, concluye escuetamente:

Hay que gozar de esta nueva vida en paz que nos rodea y seguir fieles a los ideales que vivimos y seguimos viviendo.
El milagro es posible, yo me lo encontré. (pág. 57)

No se hizo monja Matilde Donaire con el tiempo, ni mucho menos, aunque en algún momento llegara a considerarlo. Casó con un abogado sevillano internacionalista de brillante trayectoria nacional y comunitaria, trabajó como jurista, tuvo hijos, colaboró en la fundación de una revista literaria (Los Papeles de la Alacena) y, si hay una constante en sus devociones literarias es Juan Ramón Jiménez, como el lector echa de ver nada más abrir este libro de capítulos breves, de lirismo muy contenido en una prosa natural y delicada. Aunque el «yo» que escribe es siempre una construcción verbal, el lector tiene la impresión de estar ante un carácter fuerte y bello y la seguridad de haber compartido una historia increíble de desgracia pero también de superación y amor.

Un último apunte. Esta pequeña y gran historia, de la que en su día se hicieron 300 ejemplares, merecería ser reeditada. Yo sugeriría que se le añadiera un epílogo donde la autora, o algún experto en historia o literatura, aclarasen con precisión algunos extremos históricos y biográficos de interés para el lector. Es sólo una sugerencia. Y ojalá preste oídos una buena editorial.

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