Julio Mariscal (2006/03/06)

JULIO MARISCAL

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Entre dos ediciones distanciadas de un mismo libro suelen quedar las huellas del tiempo. Pienso en Julio Mariscal Montes (1922-1977), un poeta gaditano de esos que, como Machado, aparecen envueltos en su leyenda: en su caso, la leyenda del espíritu delicado que floreció en un entorno campesino del que nunca quiso salir; la del hombre hipersensible, serio y tímido que, debido a su educación moral y a los tiempos que corrían, sufrió el tormento íntimo y la vergüenza social de una homosexualidad satanizada. Tras un desengaño amoroso que le trastornó, a mediados de los años sesenta regresó a su Arcos natal para dejarse morir. De este íntimo proceso de (auto)destrucción dan testimonio las dos ediciones de Corral de muertos (1953, 1972), primer y penúltimo libro de un poeta existencial ubicado al filo de las dos generaciones de posguerra.

Bajo título y lema unamunianos, Corral de muertos ofrece una reflexión intimista y serena sobre «cómo se pasa la vida, cómo se llega la muerte, tan callando», en torno a un memorial de vidas diminutas: el pañero, la costurera, el labrador… En 1953 el libro constaba de un soneto inicial y diez elegías sin título (silvas y alejandrinos blancos y silvas libres impares, que diría Isabel Paraíso). En 1972 se conserva el soneto inicial, se duplican las elegías, se redistribuyen y todas ellas llevan en el título el nombre del difunto, como si el lector paseara por entre las lápidas de un cementerio local. El soneto inicial, «Ciprés», viene a ser una inversión del célebre «Ciprés de Silos». Si en Gerardo Diego destaca el afán espiritual de verticalidad ascendente que el árbol contagia al poeta («Cuando te vi, señero, dulce, firme, / qué ansiedades sentí de diluirme / y ascender como tú, vuelto en cristales»), en Mariscal tenemos una dolorida identificación con la tierra horizontal, con el mísero barro humano que alimenta —trágica ironía— la impasible belleza del árbol («Bocas sin risa, senos, cabelleras, / se mezclan en tu sangre, envenenada / por el terrible empeño de la altura. / ¡Qué loco derrochar de primaveras / en el tapete verde de la nada / para que se cumpliera tu hermosura!»). La ironía trágica y el contraste parecen ser los criterios que presiden tanto los poemas como el conjunto. Lo curioso es que, entre los poemas que se añaden, el poeta incluye una elegía al amante que le rompió el corazón («Curro Arillo»), que en realidad no había muerto, y aprovecha también para certificar su propia muerte. Lo vemos en el poema dedicado a su tata María («Ahora sí que, María, son tus manos de azúcar, / para este inevitable acíbar de ser hombre») y a su condiscípulo Eugenio Martín Rodríguez: «Aquí me tienes: sombra, trasmundo de aquel Julio / Mariscal, luminoso, que conocimos ambos, / que ahora viene hasta tu enorme paredón de silencio / a llorarlo llorándote, a encontrarse en tu olvido». Ya al final de Tierra (1965), el libro donde Mariscal canta al amor oscuro, consta, con el abandono del amado, la muerte simbólica del poeta: «Mis ojos, como un perro, te lamían las manos. / Como un perro iban, locos, de tu voz a tu frente, / a tu cintura, al aire de tu andar, selva oscura, / donde, tercos, mordían paraísos sin alba. / […] / Mis ojos tuyos, ciegos, ya sin luna, clavados / en el naipe sin suerte de tu no estar en ellos, / dos fanales de pena, dos cipreses de llanto /para el corral de muertos donde se pudre el lirio / de aquel otoño pálido, juntos, ya tan ausencia».

Toda una vida de belleza y dolor cabe entre las dos ediciones de un mismo libro. La sola idea, como metáfora del destino, me parece terrible.

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http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/marzo_06/06032006_01.htm
“Julio Mariscal”, columna para la sección “El Rinconete (10)” (subsección
“Firma invitada”), del Centro Virtual Cervantes (cvc), dirigida por Consuelo
Triviño. www.cervantes.es. 6 de marzo de
2006. 2 págs.