Julia Otxoa, de la tribu del tejo (2008/03/14)

JULIA OTXOA, DE LA TRIBU DEL TEJO

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Descubrí a Julia Otxoa (San Sebastián, 1953) por casualidad: iba buscando información sobre poesía visual en la web y encontré un artículo que comentaba su increíble composición «Piedad férrea»: un sacacorchos con las alitas abiertas como para acoger maternalmente una llave inglesa. Esa potente imagen me pareció singularmente imaginativa, sensible e inteligente. Al cabo de años recibo un correo electrónico de una desconocida llamada Julia Otxoa, feliz de haberse encontrado incluida en un programa de poesía de la Universidad de Cádiz. Y me regala dos libros: Taxus baccata (poemas con dibujos de su marido, el escultor Ricardo Ugarte) (Madrid, Hiperión, 2005) y Un extraño envío (Relatos breves) (Palencia, Menoscuarto, 2006).

Taxus baccata, o sea, el tejo, explica Ricardo Ugarte a modo de introducción, es un «viejo árbol mágico-religioso, anterior a los actuales árboles sagrados (…) Frente a la vorágine precipitada y vociferante de la incultura, hundes tus raíces silenciosas, sabias, en nuestra tierra, buscando acuíferos de vida frente a la muerte». En la «Poética» que envió Otxoa para la antología Ellas tienen la palabra (Madrid, Hiperión, 1997), de Noni Benegas y Jesús Munárriz, explica al lector: «En mi caso, el hecho de haber nacido en el País Vasco, donde existe un profundo sentimiento de identificación con la naturaleza, un tipo de pensamiento mágico colectivo transmitido de generación en generación, traducido en un rico universo de ritos, costumbres, leyendas, etc., ha impregnado siempre mi obra poética de un modo muy especial y constante». A esto se une «el hecho fundamental de haber nacido en el seno de una familia del bando de los vencidos durante la Guerra Civil, una familia extremadamente diezmada por la contienda, a la que debo agradecer que, aun manteniendo en mí siempre viva la memoria de unos hechos, jamás me alentó en el rencor o el odio, sino todo lo contrario. El único antídoto para que toda aquella barbarie (…) no volviera a producirse era crecer en el respeto al otro como si fuera un templo sagrado».

Taxus baccata es un testimonio a dos voces: la audible de Julia en sus reflexivos y breves poemas en prosa, y la silenciosa de Ugarte, que a pie de página traza líneas que dialogan con el texto. Hay muchos pasajes memorables en este libro que bucea en el extrañamiento vital con una gran lucidez intelectual y un gran coraje cívico: «La aceptación de la niebla que somos, como camino imprescindible para penetrar dentro de nosotros mismos, no como quien lo hace en un paisaje terminado, conocido, sino como quien se adentra en una geografía extranjera». La aceptación de la indeterminación inevitable: «El secreto de la poesía pertenece más al náufrago que al navegante». La sombra vasca como constante trágica: «Asistiendo a la barbarie cotidiana, el instante tiene la turbulenta inseguridad de lo inestable y amenazador. En mi inexperiencia del horror futuro, me reconforta pensar que también a mis antepasados les tocó vivir un tiempo semejante. En su recuerdo me fortalezco. La Historia como ser circular, el presente como resistencia poética en la repetición». La vida como sorpresa perpetua o perpetua adquisición de conocimiento: «Permanecer en la inquietud (…) Oigo crecer mi osamenta cada día, mi infancia no ha terminado». La duplicidad del ser, encarnada (por ejemplo) en el bilingüismo: «Leer en otro idioma, leer en otro idioma, / ser el otro, / verme desde fuera». La sensación de que la propia singularidad no tiene más arraigo que el filo de una frontera: «Escojo ser en el margen como única posibilidad de existencia». La identificación con la circunstancia como quien abraza un destino: «La constante interrogación del desarraigo, del extrañamiento del ser en el mundo. Sólo después de la fiebre y el dolor de las preguntas sin respuesta, se puede hallar la serenidad en el total desvalimiento. Desde la humildad de la ignorancia, el misterio del ser se convierte entonces en cobijo»; «Comunión con el mundo, sí, pero desde el desarraigo». Y ante la vociferante realidad (¿realidad?) de los discursos oficiales, pactados, mercantiles, «siento la necesidad de centrarme en lo leve, lo sutil, lo aparentemente insignificante, aquello que no brilla y no es voceado por los vendedores al uso. La poesía de lo invisible».

Este extraordinario libro de poesía se complementa con los relatos breves de Un extraño envío. Como me escribe Julia, es honda la conexión entre poesía y microrrelato: son dos formas de esencialidad abierta al lector. El prólogo del también espléndido cuentista José María Merino acierta bien a captar las líneas de fuerza de estos textos: la dificultad o imposibilidad de comunicación, el sinsentido de la realidad absurda, el «tiempo como gran disolvente de las decisiones humanas», la extrañeza y los cambios de identidad (tema lírico de Otxoa y constante narrativa de Merino), y todo con un tono aparentemente objetivo donde el desasosiego se transforma en inquietante forma de humor intelectual. De los muchos textos inolvidables escojo uno, supongo que por afinidad electiva:

«Oto de Aquisgrán»

Cuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista que, acometiéndolo una vez un ataque agudo de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremo cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la Corte, que antes de suicidarse, pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no conocido jamás en ninguna corte imperial.

Sí: es Tánatos, el instinto de muerte, el que nos impulsa al espejismo (pseudo)erótico del movimiento perpetuo (llámese estrés) en busca del reposo absoluto. Qué placer tan intenso encontrar gente tan inteligente, tan perspicaz y sensible como Julia Otxoa. Reconocer en ella ciertas claves psicocreadoras femeninas y darse cuenta de que las trasciende porque «ser humano soy y nada de lo humano me es ajeno» (verdad tan vieja como Terencio). Qué parecida acaso la médula de la escritora a esa primera imagen, «Piedad férrea», que me deslumbró. Y todo esto por un ordenador. No era Apple, pero nadie debe extrañarse de que las manzanas de oro (en este caso marca Otxoa) emigren al jardín de las Hespérides: vivo en Cádiz y por vía paterna cántabra también es el tejo, Taxus baccata, el árbol sagrado de mi tribu. No conozco a la Julia analógica, pero nos debemos una cita bajo el tejo milenario del santuario precristiano de Santa María de Lebeña, donde hay agua de río y símbolos solares, un olivo que viene del sur y una virgen bellísima dando el pecho a un niño gótico. Junto a los Picos de Europa ningún envío es, realmente, tan extraño.

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