Juana Castro en sus cuerpos (2007/03/05)

JUANA CASTRO EN SUS CUERPOS

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Una de las estudiosas que mejor conoce la poesía de la cordobesa Juana Castro (n. 1945), Sharon K. Ugalde, resumía en 2002 su trayectoria así: «La aparente variedad temática de los libros de Castro llama la atención: la crítica social de la situación de la mujer en Cóncava mujer (1978); el dolor intenso por la muerte de un hijo en Del dolor y las alas (1982); la pasión amorosa desmesurada en Paranoia en otoño (1983) y Alta traición (Plaquette, 1990); la creación de una diosa todopoderosa en Narcisia (1986); una historia alegórica de relaciones de [amor, vasallaje erótico y] poder en Arte de cetrería (1989); la revisión del personaje bíblico de Salomé en No temerás (1994); la contemplación de la niñez y del campo [ella procede de ambiente de labradores] en Fisterra (1992); el legado de las antepasadas y la maternidad en Del color de los ríos (2000); el tema del exilio y la extranjería en El extranjero (2000)». En todos se recrea «la dimensión olvidada de la feminidad, no una feminidad mimética de lo masculino, sino de la diferencia: el cuerpo femenino, el gozo sexual de la mujer, el reconocimiento del valor de lo irracional, lo sagrado de la naturaleza, la fusión con el entorno y con el Otro y la intimidad del linaje matriarcal». Quizá el lector recuerde ante todo a la refinada y sensual «Inanna» de Narcisia: «Como la flor madura del magnolio / era alta y feliz. En el principio / sólo ella existía. / Húmeda y dulce, blanca, / se amaba en la sombría / saliva de las algas / […]. Acariciaba toda / la luz de las adelfas / y en los saurios azules / se bebía la savia / gloriosa de la luna»… Tal vez sea por el contraste con esta imagen por lo que nos hiere ahora tanto su último libro, XXI Premio Jaén de Poesía.

Los cuerpos oscuros (Hiperión, 2005) sale de la experiencia de la autora con sus padres, afectados de demencia senil y alzheimer. El primer poema, «Océanos», plantea la situación: «Con ellos oigo el mar. / Oigo el mar y visito los huecos / de la sombra en sus labios. / (Pero no sé si tienen labios). // Son grandes y son lentos como dos / proboscidios. Se caen / cada día cien veces de su tierna rodilla / zamba. Yo les doy / de beber, les unto / de pomada y de aceite / la piel roja del coxis / y a las doce los pongo en el balcón». Nada más empezar el lector percibe cómo se universaliza una vivencia personal.

A lo largo de las cuatro partes del libro el «yo» lírico se desdobla y proyecta. Hay un «yo» lúcido y dolorido: el que cuida de los ancianos enfermos «encerrados vivos» en sus cuerpos: «—Anda, padre, hay que andar. / Y se levanta, y sale […] / Mientras madre, para no ver el filo, / para no ver la muerte, / olvida que hoy es miércoles, olvida que es agosto. / Olvida que ha vivido. / Y se afana, y trajina, y se ríe y se ríe. // —Cómo voy a tener yo ochenta años». Éste es el «yo» que sufre impotente y se siente culpable: «Ya no tengo mentiras. / Vuestros cuerpos oscuros se desangran sin verme, / y me alejo y no os miro. / [… ] // La culpa, el filo, el mango. / Mis dos pájaros negros». El «yo» problemático, «la hija de la loba», que tiene pesadillas y oscuros recuerdos sin resolver.

Muy logrados son los poemas en que el discurso se pone en boca de la madre demenciada. Así «Brasas», donde la anciana vive en el pasado de un marido joven y hermoso: «Él es alto y derecho, / le saca dos cabezas a la lámpara, / tiene ojos azules / y un ciento de estorninos en el pecho […] / Pero éste es un viejo / […] / —Cómo va a ser éste mi marido». La inmersión en este infierno va revelando los matices más dolorosos de cualquier vida: el tiempo que huyó, el miedo a la orfandad, el horror al descubrir que ella inspira a la madre una última e íntima aversión (¿senil o desde siempre?) que sólo la locura deja fluir: «La serpiente se enrosca como un naipe de oro / en mi memoria, / y yo le doy mi frío. / […] // La serpiente no sabe que la espío / cuando baja en la sombra, / envuelta en la maraña de la duda / a beber en mis labios. // La serpiente es mi hija. / (Que no lo sepa nunca)». El bello poema final es la constatación de la pérdida, con la madre, de la infancia: «Yo ya no la conozco. / […] Ella siempre reía. / Ella duerme en un campo / que es otro y es el mismo. / Ella tiende su cuerpo, y su gato Toribio / se adormece en silencio. // Y está la luna llena dando luz al cortijo».

En este libro Castro me ha recordado a cierto José Hierro: el de los poemas de criaturas alienadas o en trance alucinatorio cuya perplejidad y desventura, desplegadas en hermosas imágenes que rompen la vulgaridad opresiva cotidiana, nos encogen el corazón. Es una gran poeta, Juana Castro, con su don para descubrir sabiamente la amorosa belleza allí donde en principio sólo habitaba el dolor del olvido.

http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/marzo_07/05032007_01.htm