Josela Maturana habla con María Zambrano (2008/01/18)

JOSELA MATURANA HABLA CON MARÍA ZAMBRANO

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Es Josela Maturana (n. 1959) una poeta de la generación del ochenta cuya voz ha ido madurando lentamente desde La vida inédita (San Fernando, Cádiz, 1997, Premio Feria del Libro de San Fernando), Oficio del regreso (1999, Premio Carmen Conde), La soledad y el mundo (2001, finalista del prestigioso «Ciudad de Melilla» en 2000) y, ahora, No podrá suceder (2007, Premio Bahía 2005). Eso, sin contar una plaquete, «Deriva de la interpretación», incluida en el libro colectivo El placer de la escritura o Nuevo retablo de Maese Pedro (2005).

La escritura de Maturana le debe su quintaesencia, su posición vital, al hecho de que haya nacido y se haya criado en Melilla, una ciudad que parece siempre un destino temporal con tres culturas (la española, la marroquí y la judía) cuyos gestos y palabras son también fronteras interiores. Reproduzco una parte de su texto en El placer de la escritura porque toda Josela está en él: «Yo nací en tierras de regreso. En el reino del olvido. Un lugar en el mundo donde los pájaros rozan las fronteras de otro país y donde la escritura invisible de lo cotidiano imprime sus páginas con nombres extranjeros que jamás pude pronunciar correctamente. […] Iba al muelle a despedir a nadie y luego regresaba a casa, adolescente y perdida, absorta en la maravilla de mi reino adjudicado, ansiando retener para siempre la belleza inmarcesible y rota de aquella ciudad cercada por la historia y por la geografía. Subía a mi barrio oliendo los aromas de la menta y el cuero, adivinando que algo distinto me había tocado presenciar, que mi biografía estaría inevitablemente hecha de diversos retazos, fragmentos de dioses distintos, de lenguas y culturas diferentes, y ya en aquel entonces presentía que el nacer y vivir en aquel lugar de olvido, se surcos que se cruzan sin poder encontrarse, de adioses permanentes, de reencuentros que no certifican si seremos los mismos al regresar».

El tiempo, el extrañamiento, la pérdida, la soledad y el olvido son temas capitales de una poeta que ha ido madurando de la mano de Cernuda, aunque no sólo (también están ahí Benedetti, Hierro, Machado, Zambrano, Ángela Figuera…). Junto a estos temas de tipo más existencial y universal, la autora añade una dimensión histórica donde cabe la degradación del medio ambiente natural, la deshumanización de la sociedad de consumo, la incultura de masas… Al fondo de bastantes poemas se advierte esa desolada sensación de que la verdadera vida está ausente: sólo existe un vacío que se llama vagamente deseo. Para eso está la palabra: para perseguir la vida («Derivas de la interpretación»), para horadar el silencio en busca del significado, para convocar el amor, la calidez, la compasión, la solidaridad, la ternura.

Tiene Maturana dos tipos extremos de escritura: el poema largo de carácter reflexivo y conceptual que mana del sujeto poético, y el poema de alguna menor extensión más centrado en una vivencia concreta (real o ficticia, lo mismo da), y puesto en boca de un yo ficcional. Son dos modos que se interpenetran: las imágenes en la reflexión, la reflexión en la imagen. El primer tipo encaja en una mezcla de neorromanticismo y poesía del conocimiento, y el segundo, en una mezcla de poesía del conocimiento y de la experiencia. A mí me gusta más esta segunda fórmula.

No podrá suceder contiene un poema maestro. Conviene saber que Josela Maturana, maestra y licenciada en Filosofía y Letras, es profesora en el Centro de Adultos «María Zambrano» de San Fernando (Cádiz). Cuelga en esas paredes una foto de María en el exilio. Quizá esta suma de circunstancias, unida a la afinidad electiva, ha hecho que Josela se haya aficionado especialmente a esta discípula de Ortega, interiorizando sus ideas, amando su biografía. Por ejemplo, Zambrano contaba cómo muchas veces, lejos ya de España, no podía asistir a los actos culturales, relacionarse en sociedad, porque no tenía nada decente que ponerse. Encoge el corazón pensar en esa mujer tan inteligente, tan espiritual y tan pundonorosa. Pero en la foto que preside el centro educativo al que da nombre sale una María que oculta la pobreza, y habla una María, recreada por Josela, que se niega a la tristeza y a la rendición, que llama al lector a ese instante de revelación que es el «claro del bosque»:

María Zambrano ante el río Arno. Florencia. 1958.

No escribas sobre mí este triste poema,
he de encontrar primero los faros apagados,
los limoneros anchos del patio de mi infancia
y a los lisiados gatos de mis sombras prohibidas.
He de encontrar aún el poema de España
y el aviso difuso de todos los caminos,
espera a que el exilio se confirme en mi patria
y que a mis ojos lleguen los claros de otro bosque.

Mira este río docente que muestra aquel poema,
mira mis ojos grandes entre el sueño y el agua,
no escribas este engaño de espejo solitario,
llama al amor lejano y arrebata el aliento,
arrebata las lindes del paisaje dejado,
busca el dictado lúcido de lo que no recuerdo,
dile al amor que encuentra que sigo apuntalando
la distancia infinita de mi eterno viaje,
y si escribes olvida y si vives recuerda.
Cuánto evoqué, amor mío, lo nunca sucedido.

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