José María Pemán en su rincón (2007/04/03)

JOSÉ MARÍA PEMÁN EN SU RINCÓN

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

El pasado 2006 se cumplió el vigesimoquinto aniversario de la muerte de José María Pemán (1897-1981). Más allá de algunos brindis al sol de periodistas fieles a la memoria del maestro y amigo (Antonio Burgos sobre todo) y de una selección de sus obras en ocho volúmenes editada por el Grupo Joly y distribuida con la prensa en su Cádiz natal, Pemán sigue estando como estaba: no ya olvidado sino castigado en el rincón de la dictadura franquista. Quien mejor conoce y ha explicado la historia de Pemán es Gonzalo Álvarez Chillida, que le dedicó una tesis impecable publicada en 1996 por la Universidad de Cádiz. Un poco después, en asociación con Javier Tussell, ofreció un estudio cuyo título resume una vida: Pemán. Un trayecto intelectual desde la extrema derecha hasta la democracia (1998).

En el ámbito de la literatura cabe preguntarse si hay algo que se salve de Pemán. Creo que sí. En poesía, más allá de un neoclasicismo numantino y una excesiva tendencia a la amplificación, hay dos libros felices de tipo neopopularista: El barrio de Santa Cruz (Itinerario poético) (1931) y Señorita del mar(Itinerario lírico de Cádiz) (1934). Aparte, merece la pena la sección «Soledades» de Las flores del bien (1946), y muchos poemas sueltos, desde el célebre «Soledad» («Soledad sabe una copla / que tiene su mismo nombre: / Soledad. // Tres renglones nada más: / tres arroyos de agua amarga, / que van, cantando, a la mar»…), pasando por el gracioso «Feria de abril en Jerez», hasta los que escribía en sus últimos años, plenamente personales (o «de [su] experiencia»), como «In memoriam» (dedicado a su esposa muerta) o «Testamento». El crítico advierte que el genio pemaniano fue eclécticamente epigonal. Pero, apoyado en San Juan, Lope, Darío, los Machado, Juan Ramón, Lorca o Alberti, eso no quita sus aciertos.

En narrativa es Pemán, en los mejores momentos, un discípulo de Juan Valera con toques de Benavente o de Wilde: su elegancia clasicista e irónica (a veces cínica) se suele poner al servicio del reflejo costumbrista, con nostalgia del pasado y prevención ante el presente, y una declarada voluntad (extensiva a todos los géneros) de no escarbar demasiado en el alma humana por miedo a lo que se pueda encontrar. Este principio corta mucho sus posibilidades pero no la gracia de colecciones como Cuentos sin importancia (1926) o Volaterías (1932), de cuentos exentos y algo más largos como Fierabrás (1927), o de novelas cortas como Romance del fantasma y doña Juanita (1927). La novela larga, que apenas cultivó, se le resiste: sobra en ella tesis y falta hondura humana. Otra cosa es que pueda hacer gracia la desmelenada sátira antirrepublicana de De Madrid a Oviedo pasando por las Azores (1933).

El teatro de Pemán, lo que más éxito, fama y dinero le dio en su momento, es hoy lo más envejecido, empezando por la comedia de santos El divino impaciente (1933), anacrónica ya en su estreno y manipulada con fines políticos (aunque los periodistas de latiguillo sigan haciéndole un flaco servicio al escritor cuando lo reducen a «el famoso autor de El divino impaciente»). En general el teatro histórico en verso y el drama de tesis burguesa, por buena que sea su carpintería teatral, tienen un interés más que nada sociológico, caso de Cuando las cortes de Cádiz (1934), un panfleto antidoceañista que en el ámbito gaditano es famoso porque de él surgió el personaje popular de Lola la Piconera, especie de Agustina de Aragón andaluza e inventada para mayor autocomplacencia local. Lo que sí conserva valor es el teatro pemaniano de humor, y en esto, como en la narrativa, le sucedió a don José María lo mismo que a su maestro Valera: ambos fracasan cuando se dejan llevar por la ambición ideológica y el prejuicio estético, y ambos triunfan cuando olvidan las pretensiones y dan rienda suelta a su duende travieso.

En este sentido destacamos Julieta y Romeo (1935), comedia disparatada casi en la línea de un Mihura o un Jardiel, y Los tres etcéteras de don Simón (1958), divertida farsa picante de enredo. Muy interesantes resultan las versiones de clásicos del autor, que en los años cuarenta y cincuenta (cuando iba creciendo su siempre prudente distanciamiento del franquismo) vuelve una y otra vez sobre el tema del despotismo, del abuso de poder. Lo cuenta en Mis encuentros con Franco: de cómo el dictador, so capa del clasicismo, hubo de escuchar impávido los parlamentos de Antígona (1945): «No hay pueblo hecho para un hombre solo».

Los artículos de Pemán, en gran parte por estudiar, están muy emparentados con el costumbrismo y el cuento (no en vano nació como cuentista —desde 1924— en las páginas del diario católico y tradicionalista El Debate), y triunfan y fallan por los mismos motivos. El Pemán memorialista, muy interesante, ha sido inexplicablemente obviado por los mejores especialistas. En esta parcela está su autorreivindicativa Confesión general (1947, 1953) y, mucho más tarde, los ensayos Mis almuerzos con gente importante (1970) y Mis encuentros con Franco (1976). En Mis almuerzos… el lector encontrará anécdotas magníficas: de cómo Miguel Primo de Rivera dejó a su hijo José Antonio sin postre por llevarle la contraria, o de cómo el general Camilo (o Camulo) Alonso Vega se sorprendió grandemente al descubrir, en el estreno del Edipo (1953) pemaniano, que el protagonista… ¡estaba casado con su madre! A lo que Pemán respondió flemático: «—Sí, don Camilo: desde hace veinticuatro siglos…» Políticas y mundanas, estas viñetas, escritas con una fluidez que parece oral, son impagables.

Mis encuentros con Franco (1976) es un libro a mi entender extraño. Muestra el progresivo distanciamiento que con respecto al caudillo experimentó Pemán, abanderado de don Juan de Borbón. Es la crónica de una desilusión que el viejo escritor nunca quiso ver como anunciada. Termina con todo el escepticismo y la melancolía de un septuagenario a la altura de 1974-75, cuando era incierto el futuro de la monarquía y aún vivía el dictador. Lo extraño es que Pemán quisiera publicarlo en vida de éste, como sostiene Ansón en el prólogo de la primera edición (prólogo pronto prohibido). Y sorprende porque los últimos años del franquismo son extraordinariamente agitados, la situación no ya de don Juan sino de don Juan Carlos era delicadísima, y en esta coyuntura el libro de Pemán era inconveniente. No es realmente destructivo con respecto a Franco pero sí es una visión en proximidad, desmitificadora. El cronista concluye su testimonio habiendo aprendido una lección: no se pueden sumar ni restar cosas heterogéneas, «pantanos con libertades». Desde el punto de vista del régimen era como si le creciesen los enanos, pues la crítica del enemigo era presumible, pero la de un adlátere nunca podría ser admitida. En realidad todo fue una obstinación de Sebastián Auger, sabueso de best-sellers para su editorial Dopesa.

Tendrá que pasar tiempo para que España asuma la II República, la Guerra Civil, el franquismo, la transición. En ese momento se leerá a Pemán como lo que fue: un escritor con aciertos y errores, pero con textos dignos de interés. La cosa se complica porque cronológicamente coincide con los poetas geniales del 27, y él nunca perteneció al grupo ni fue un genio. Pero la historia de la literatura está llena de artesanos laboriosos y eficientes a los que no conviene despreciar con frivolidad porque también a veces los visitó la musa.

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