En un lugar de Trapiello (2009/05/11)

EN UN LUGAR DE TRAPIELLO

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

He tardado bastante en decidirme a leer Al morir don Quijote (2004), de Andrés Trapiello (1953), en parte porque los títulos oportunos siempre concitan la sospecha de oportunismo: una novela sobre el Quijote a un año de los fastos cervantinos de 2005, un premio literario vinculado a las estrategias de Planeta, una omnipresencia del autor en todas las ferias y mesas redondas del año cinco… La otra parte de mi renuencia tiene que ver con el refrán que ya citaba Cervantes en la segunda parte de su inmortal novela: que segundas partes nunca fueron buenas, luego no digamos ya terceras. Pero con el tiempo se aflojan los prejuicios y, si era particularmente difícil el reto que abordaba el escritor leonés, creo que podemos decir que sale bien parado, que es lo que importa.

El principio de este libro es el final del Quijote: la muerte del protagonista. Mucho espacio novelesco se lleva este asunto, unas cien páginas tal vez demasiado ralentizadas, pero ya el lector le toma el gusto a una prosa que, aunque actual, tiene regusto cervantino en las subordinaciones, símiles, incisos, geminaciones, anáforas, amplificaciones, cierto léxico y, ante todo, en la ironía benévola. Y le toma gusto a la idea —cervantina, democrática y posmoderna— del mundo plural donde no sólo cuenta el héroe: «Y ocurrió también otra cosa. Al morir don Quijote, los más ingenuos pensaron que se cerraba su historia, de la misma manera que, aunque sea mala comparación, decimos: muerto el perro, se acabó la rabia. (…) Pero no fue así, porque las historias responden al conocido símil del cesto de cerezas, las cuales, cuando alguien quiere sacar una, se eslabonan, hasta arrastrar a todas las demás, no sólo de ese cesto, sino del mismo mundo de los cerezos, y de ese modo, tras la historia de don Quijote, estaba esperando la historia de Sancho Panza, y con la suya, la de Teresa Panza…».

No es nueva esta idea. De hecho, sin mencionar las abundantes continuaciones del Quijote (empezando por la de Avellaneda), la encontramos en un microrrelato de Marco Denevi que se incluye en el repertorio que ofrece Juan Armando Epple en Micro Quijotes (Barcelona, Thule, 2005):

Crueldad de Cervantes

En el primer párrafo del Quijote dice Cervantes que el hidalgo vivía con un ama, una sobrina y un mozo de campo y plaza. A lo largo de toda la novela el mozo espera que Cervantes vuelva a hablar de él. Pero al cabo de dos partes, ciento veintiséis capítulos y más de mil páginas la novela concluye y del mozo de campo y plaza Cervantes no agrega una palabra más.

(Falsificaciones, 1984)

Como en cesto de guindas salen, pues, las historias trapillescas del ama Quiteria, enamorada de don Alonso desde que entró a servir en su casa; de la sobrina Antonia, enamorada del bachiller Sansón Carrasco; del bachiller, que en realidad salió en pos de don Quijote por buscar aventuras y deseoso de colgar los hábitos; del gañán Cebadón, que aspira a dar braguetazo seduciendo a la sobrina Antonia; del escribano señor de Mal, que ronda también a la sobrina; y de Sancho Panza, desolado por la muerte de su señor. Este racimo de vidas resulta entretenido y bien concertado: en cierto modo continúan la tensión cervantina entre realidad e idealización, aciertan a mezclar el amor (romántico y del otro) en el mundo cotidiano, y también Trapiello sigue, como Cervantes, una estructura que va del realismo a la teatralidad, en cuanto que al final de su novela irrumpen los duques en el lugar de don Quijote con toda su parafernalia, incluido un elefante.

El Quijote cervantino es una novela profundamente dialógica en el sentido más literal: una novela hecha de muchas conversaciones entre los personajes. En la suya Trapiello intenta reflejar el modelo pero hay algo que no termina de convencer: los personajes dialogan a menudo sobre el finado hidalgo y manifiestan su remordimiento por no haber sido más amables y comprensivos con él, incluso lamentan haber intentado apartarle de su locura. Estas lamentaciones y reconsideraciones de la cordura esencial de don Quijote resultan un tanto excesivas, en parte porque pierden de vista la sensatez cervantina, y en parte porque a medida que llegamos al final nos damos cuenta de la repetición de contenidos. Tal vez, insisto, se deba al deseo de poner a los personajes a hablar con elocuencia y profundidad. También, en la línea romántico-unamuniana, puede resultarle al lector un tanto excesiva la quijotización de Sancho Panza, que cae en una profunda melancolía, considerando que con su amo ha perdido la vida bella, de modo que el rústico patán da en empeñarse en aprender a leer, lo consigue a plena satisfacción con toda rapidez, y aun asume la imagen que de él da Cervantes con una mansedumbre y buen juicio lector un tanto traídos por los pelos. Diríamos que con Trapiello culmina la santificación del escudero, en paralelo con la del hidalgo. No es muy verosímil pero tampoco resulta desagradable, ya que este Sancho Panza inspira ternura.

De otro lado, Trapiello se mueve con soltura dentro de la tradición metaliteraria que inaugura Cervantes. Si en la segunda parte del Quijote es elemento fundamental y novedosísimo el hecho de que los personajes se sepan materia libresca (de hecho, pienso que acaso sea este aspecto, el más original de Cervantes, el que fue condicionado por la intrusión de Avellaneda), en Al morir don Quijote esto se agudiza: los personajes han leído la primera parte, esperan la segunda e incluso esperan la tercera (o sea, ésta). También ellos, como el don Quijote cervantino, se sienten espiados por el historiador que dará cuenta de sus aventuras. Y les importa quedar en libro porque perciben en ello una forma de inmortalidad. Siguiendo la estela de Unamuno en Niebla, los personajes de Trapiello van en busca de Miguel de Cervantes, claro que con otra excusa: la de socorrerlo en su pobreza, una vez que han leído lo que se dice en la segunda parte. Sin embargo no podrán encontrarlo porque ya ha muerto (una licencia necesaria para el argumento), y a cambio Trapiello aprovechará para dar una imagen de la controvertida familia femenina del desdichado don Miguel.

Podemos decir que aunque el autor no aporta novedad sustancial en la estela técnica de la novela, sí le debemos un argumento curioso y, sobre todo, una sensibilidad poética que actualiza las coordenadas psicológicas de los personajes. Así, su percepción de un Quijote bastante rimbaudiano, que un buen día pensó: «La vida está fuera de aquí, la realidad espera en cualquier parte (…). Yo sé quién soy, pero lejos de aquí, en otra parte. Soy viejo y me queda poco tiempo. O ahora o nunca, y dure la vida, que con ella todo se alcanza» (cap. IV). Esta sensibilidad se traspasa, de una manera quizá excesiva, a todos los personajes, empezando por Sancho. La historia de amor de la sobrina, deshonrada por Cebadón, alcanza un final feliz muy típico de la novela española: los enamorados Antonia y Sansón se van a esas Américas donde todo es posible, incluso recuperar la pureza perdida, y con ellos se va también Sancho, convertido en escudero del bachiller y decidido al fin a abrazar la fantasía, la voluntad de ser. El final tiene algo de doblemente simbólico, como si el testigo de la gran novela en lengua española pasase así al Nuevo Mundo.

En fin, Al morir don Quijote es un acto de amor de un esmerado lector de Cervantes. No se trata sólo de que Trapiello resuma dentro de su novela los principales episodios del Quijote, sino que discurre sobre aspectos contradictorios de la gran obra cervantina e incluso sobre extremos que el lector de a pie tiende a pasar por alto (por ejemplo, que las salidas del caballero tienen lugar necesariamente en verano, y no hay mal tiempo en la novela de Cervantes). No sólo hace suyos muchos tics verbales de don Miguel sino que al final cita literalmente pasajes conmovedores, como el bellísimo prólogo del póstumo Persiles. Y, en fin, si algo justifica estas páginas es el hecho de que constituyen un hermoso homenaje al mundo cervantino y a su creador. No es una novela imprescindible, la de Trapiello, ni tampoco perfecta. Pero el honesto lector encuentra en ella un recreo asaz deleitoso.

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