Dos relatos inéditos de Fernando Quiñones (2006/10/20)

DOS RELATOS INÉDITOS DE FERNANDO QUIÑONES

(O EL TALLER DEL ESCRITOR, I)

 

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Que Fernando Quiñones (1930-1998) se sobrevive es un hecho, como demuestra el goteo de ediciones que está conociendo su obra. Primero fue la editorial Páginas de Espuma la que en 2003 publicó sus excelentes Relatos completos (aunque completos no son). Luego la Fundación Lara sacó en 2005 la antología poética Crónica personal, y este último año, aparte de las reediciones de Las mil noches de Hortensia Romero (1979) y La canción del pirata (1983), han visto la luz dos títulos nuevos. El primero, en Alianza, es una edición, al cuidado de Nieves Vázquez Recio, de dos relatos que el autor dejó en borrador y que son, como bien indica su editora, no definitivos y crepusculares. A ello hay que añadir que muestran la constante fascinación de Quiñones por lo fantástico (una de sus afinidades con Borges) y son una fuente impagable de reflexiones sobre el taller del escritor. Siendo narraciones que se leen con sumo gusto, el crítico se pregunta por qué, tal y como están, no prosperaron.

Culpable o el ala de la sombra reviste interés como testimonio de la fijación que en sus últimos tiempos tenía el autor (seriamente enfermo) con la muerte, pero no termina de articular dos elementos distintos. De un lado está la historia, desarrollada con excesiva morosidad, de las fijaciones necrofílicas de un político convencido de que es una especie de heraldo de la muerte. Esto, a nuestro juicio, daba para un relato corto, pero tal como se ofrece se extiende demasiado, como si el escritor no terminara de decidirse a desarrollar el otro hilo: la historia de una homosexualidad inconfesa.

Mucho más logrado es Los ojos del tiempo, cuento sobre un pescador que tiene extraños flash-backs en que contempla sus vidas anteriores, todas ellas centradas en la historia de Cádiz (desde antes de los fenicios) y en un lugar que para Quiñones era talismánico: La Caleta gaditana. Se trata de un leitmotiv quiñoniano que pudimos ver sintetizado en uno de sus mejores relatos, «El testigo» (Nos han dejado solos, 1980): aquel en que el cantaor Miguel Pantalón cuenta que, en los momentos en que le invade el duende del cante, «yo estoy en otras cosas, estoy en el bulto (…), estoy leyendo quince libros sin saber leer, veo sitios, estoy acostao con cuatro o seis mujeres, veo los muertos, veo tó». Esta idea de estar poseído por los ancestros, que en Quiñones aparece primero en un cuento sobre flamenco, es muy típica de los gitanos, según cuenta Félix Grande, testigo de confidencias harto curiosas en el gaditano Barrio de Santa María. Luego, el protagonista de «Los ojos…», el pescador Nono, es el mismo que el de «El monstruo de mil pesetas», cuento que fue a parar a El coro a dos voces (1997), sin duda una de las obras maestras del autor. Lo más curioso de «Los ojos del tiempo», también sin ultimar (el final brusco es muy distinto de los finales a que el autor nos tiene acostumbrados) es que aquí Quiñones intenta unir lo que en El coro a dos voces ofreció por separado: el testimonio en primera persona del pescador, que se expresa en un fluido bajoandaluz, y las reflexiones del depositario de sus confidencias, el narrador, trasunto del autor y gemelo del Quintana que funcionaba en El coro… En «Los ojos del tiempo» vemos cómo Quiñones intenta compaginar dos narradores que en El coro… se daban por separado: el culto y el popular incluido en el discurso de aquel. El experimento iba bien encaminado, pero aún estaba por pulir: el narrador popular se repite demasiado (es probable que Quiñones lo hubiera podado un poco), y el culto es demasiado explícito y, sobre todo, habla quizá demasiado de sí mismo, algo que no termina de encajar con la poética de la madurez del autor: «Yo, mi vivir, mi imaginar, el tema / único; convertirlo todo en mí (…) / Pero me cansé. Pude / retornar (más o menos) de mi propia, aburrida, / no tan vasta vorágine. / Era mejor ser desde otros, / con otros. / Me salí de mi fosa / circular, repetida (o eso querría haber hecho); / sin duda, / no vi girar las formas hasta desvanecerse 175 (Geografía e historia, 1997).

Para el aficionado a Quiñones, y para el curioso del taller de la escritura, estos dos cuentos, pacientemente reconstruidos por Vázquez Recio, resultan un apasionante ejercicio de análisis y deducción en torno a cuándo y por qué un autor deja reposar un texto. La muerte del escritor es el accidente de la escritura.

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