Aterrorízame, Somoza (2006/06/19)

ATERRORÍZAME, SOMOZA

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Aunque siempre me ha gustado la novela de intriga, no me sabía aficionada al género de terror. En mi caso, esto ha dependido de José Carlos Somoza (La Habana, 1959). No asistí a sus comienzos literarios: yo lo pillé a partir de La caverna de las ideas (2000). En aquella ocasión me sorprendió no ya la novela detectivesca en torno a la academia de Platón y unos crímenes que resuelve Heracles Póntor (claro homenaje al Hércules Poirot de la Christie), sino dos cosas diferentes. Una, el juego que se entabla entre el texto principal y las notas a pie de página que introduce el traductor del manuscrito encontrado, viejo truco que Somoza va derivando hacia Unamuno, de modo que el traductor del manuscrito termina siendo la pieza principal de un juego filosófico y metaliterario no por conocido menos deleitoso. Otra, un desenlace inquietante: el brebaje iniciático que supuestamente enajena y convierte en asesinos a ciertos sectarios en realidad no es más que un líquido inane que, en el contexto de la (auto)sugestión, actúa como excusa para dar rienda suelta a los peores instintos. Luego leí La dama número trece (2003), intriga gótica alucinante que es una parábola sobre el instinto del cazador (matar o morir) en el ámbito de la creación poética. Me pareció una lección de sabiduría, porque una va conociendo qué se cuece en los cenáculos líricos. La caja de marfil (2004), con sus jovencitas desaparecidas, es una historia comercial, pero también aquí el autor se las ingenia para dar un quiebro metaliterario, sugiriendo que las snuff movies responden al oscuro imaginario sadomasoquista de la juventud actual. Interesante, sobre todo leído desde la película Tesis, de Amenábar.

A estas alturas, fascinada por la perspicua perversidad de Somoza, fui a escucharle una conferencia. Como había leído que era psiquiatra, me esperaba algo así como un Doctor Caligari. Me encontré con un señor distante y reservado que dio una charla bastante anodina en fondo y forma, sin feeling alguno. Aún así me compré su última novela, Zigzag (2006). Ahora el argumento es de ciencia ficción: todo comienza a partir de la posibilidad de «abrir» las cuerdas temporales que postula la física teórica para «ver» instantes del pasado. El volumen es excesivo (nuestros escritores creo que se equivocan al empeñarse en las 600 páginas típicas del best-seller anglosajón), pero sigue habiendo al final un golpe de genio (al menos para un lector sencillo como yo): la teoría de que el mal absoluto es una emoción intensamente negativa sorprendida en un momento de clímax y aislada en el vacío, lo que la convierte en una fuerza destructiva pura, sobre todo porque no puede modificarse, evolucionar en el tiempo. De donde se deduce que el bien, como valor axiológico, precisa también del decurso temporal. Dicho de otro modo, sin tiempo (que es lo que nos constituye), el discurso moral carece de sentido.

Sí. Yo a José Carlos Somoza le estoy agradecida porque periódicamente me hace reflexionar con propuestas siniestras. No otra cosa es lo que pretendía el género fantástico que fue surgiendo en las postrimerías de la Ilustración para culminar en el siglo xix. «Vivir es ver volver», que decía Azorín. «No temas al tigre de tres bocas: teme solamente al hombre que tenga en su pecho dos corazones distintos», reza un proverbio chino. Ah, pero ¿dónde encontrar un ser humano con un solo corazón?

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, 1997-2014. Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es

http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/junio_06/19062006_01.htm