Josefa Parra, sedosa caníbal (2008/07/10)

JOSEFA PARRA, SEDOSA CANÍBAL

Por Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Cuando se dio a conocer con Elogio de la mala yerba, Premio Loewe de Poesía Joven en 1995, todo parecía indicar que Josefa Parra Ramos (n. Jerez de la Fra., 1965) iba a ser una especie de selecto epígono de la poesía neoerótica inaugurada a principios de los 80 por una Cristina Peri Rossi o una Ana Rossetti. Pero en realidad en esto conviene hacer matices, porque la lírica de Parra no es neoerótica sino más bien neorromántica y, a veces, con unas gotas de neobarroquismo que seguramente le instila —cada vez de forma más evidente— la proximidad de José Manuel Caballero Bonald.

En efecto, Josefa Parra empezó escribiendo poemas provocativos, de erotismo transgresor tipo Rossetti. Uno de los más hermosos, quizá, «Profanaciones» («Dios te salve, Señora de los ojos tristísimos,/ llena eres de gracia, el Amor es contigo./ Bendita tú eres entre todas las mujeres,/ entre las potestades, ángeles y luciérnagas,/ y bendito es el fruto que tu vientre me ofrece/ como una rosa tibia y desvalida./ Salve»). La tentación rossettiana se sigue echando de ver en la plaquette Idolatría (Diputación Provincial de Cádiz, Col. Pliegos de Poesía «Siete Mares», nº 8, 2007), donde se percibe la relación con el amor incestuoso que desarrolla Ana Rossetti entre los gemelos de «Dióscuros». Pero su (pen)último libro (que mucho le ha costado publicar, aunque obtuviera por él un Accésit del Premio Luis Cernuda de Sevilla en 2000), Tratado de cicatrices (Madrid, Calambur, 2006), es algo distinto. Del erotismo lúdico Josefa Parra va pasando rápida e insensiblemente al amor trágico: el que pide, ofrece, sufre, suplica, teme, amenaza o se conforma como quien resignadamente tira la toalla de la esperanza y muere. Sus poemas siempre han sido concisos como balas de plata. Sus versos, perfectamente rítmicos, ofrecen una serenidad de dicción, tono y acento que contrasta con el patetismo de las imágenes. El resultado, sin que ella se adscriba a ninguna escuela, coincide con aquello a lo que aspiraba la «nueva sentimentalidad» de Granada: recuperar la gran tradición de lírica amorosa española. No quiere esto decir que se adscriba a la poesía de la experiencia: creo que Parra sabe muy bien, por inteligencia y por instinto, qué tipo de lenguaje está destinado a caducar, a convertirse en cliché clónico, y no va a ser ella quien se ponga fecha de caducidad.

Pero el mundo de la poesía no es nada fácil. Parra figura en las mejores antologías de poesía actual, sin concesiones a los cupos de género. Primero fue Elogio de la mala yerba (Madrid, Visor, 1996), luego este Tratado de Cicatrices que se menciona ya como inédito en la antología Ellas tienen la palabra (Madrid, Hiperión, 1997), luego, Geografía carnal (Cádiz, Diputación, 1997), Alcoba del agua (Cádiz, Quórum, 2002), y finalmente La hora azul (XXI Premio Unicaja de Poesía, Madrid, Visor, 2007). Me sorprende constatar que, pese a la belleza de muchos de los poemas de La hora azul, Tratado de cicatrices es, como libro, una obra mucho más redonda: tiene una estructura interna que responde a las tres heridas de Miguel Hernández (la de la vida, la del amor, la de la muerte), mientras que La hora azul constituye un primer intento de colonizar otros temas (sobre todo los espacios y las poéticas) que se cumplen con rigor en el poema pero aún no fraguan en libro coherente. A la altura del año 2005 confesaba Parra que no veía en su poesía una evolución. Sin embargo, La hora azul parece tentar el paisaje (a menudo marítimo y marroquí) como correlato objetivo.

Cuando pienso en cuánto le ha costado a la escritora publicar dignamente su Tratado de cicatrices, me veo inclinada a considerar que Josefa Parra es demasiado buena en su registro y la crítica está demasiado escayolada en sus prejuicios. Me explico: al hombre se le pide poesía amorosa intensa, y a la mujer, sencillamente, poesía amorosa rebelde, provocativa, anti-sistema. ¿Y qué pasa si una mujer, siéndolo, escribe tan bien, tan universalmente, como un hombre? ¿Cómo negar que el amor es la experiencia capital de hombres y mujeres, lo que da sentido a la especie y la vida, y que la poesía genuinamente amorosa no excluye sino que incluye?

De Josefa Parra tienta seleccionar muchos poemas. Yo aquí voy a entresacar dos, de sus últimas entregas. Así, de Tratado de cicatrices,

Caníbal

Te comeré la piel de silencioso musgo,
gustaré de tu sangre prodigiosa. Tu cuerpo
como una tibia esfera de manzana o membrillo,
devoraré despacio. Lameré tus axilas
y el hueco de tus manos. Mi locura
me llevará a los límites confusos
donde pecado y dicha se entrelazan
en un grito de amor, hambre o lujuria.

Morderé tu contorno hasta acabarte,
hasta que rindas, con la carne en ascuas,
el caliente tributo que apetezco…

Y de La hora azul, esta barroca (y sólo en parte bonaldiana) poética:

…encender la ceniza de tus labios…
J. M. Caballero Bonald

Cenizas en los labios,
las palabras perdidas, las fugaces
palabras, las que dicen la existencia,
dulcedumbre y acíbar tan hermosas,
tan huidizas, tan grandes, tan pequeñas.

La sombra que dejaron olvidada
sobre el papel demuestra que estuvieron,
la huella deslumbrante de su asombro,
negra o azul.
Cenizas en los labios
y alguna vez un verso como un rayo.

Es una gran poeta Josefa Parra. No mujer, sino poeta. Y, en el mejor sentido de la palabra (el tiempo lo dirá), caníbal.

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