Mira mi brazo tatuado (2016/09/05)

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MIRA MI BRAZO TATUADO

Al principio los veíamos ahí con una mezcla de aversión estética y aprehensión social: los tatuados de la playa. Se empeñaban en tostar al sol, junto a nosotros, sus encajes epidérmicos de gore emocional: su cara de divino Camarón sufricantando, su Amor de Hembra en letras góticas, su rosa que salía del ombligo o que se hundía en las proximidades de alguna sinuosidad perianal.

            Se nos había olvidado que en las edades primitivas los tatuajes eran símbolos de pertenencia a un grupo, dibujos que se exhibían con el orgullo de quien ha atravesado con éxito un rito de paso. Luego este uso tribal quedó olvidado en las selvas lejanas, y lo veíamos en el canal 2 como manía de indios tropicales.

            De galardón de hombre o mujer salvaje el tatuaje pasó a ser usado por El Sistema como señal de infamia: se marcaba a los esclavos, a los pecadores, a los presos. Los marginados hicieron de la marca signo de identidad, y entonces empezaron los clubs de gente que se tatuaba adrede para identificarse entre sí y amedrentar al prójimo.

          Desde mediados del XIX los snobs de clase alta o media encontraron que tatuarse como el lumpen, sintiéndose igual de solo (solo que arriba), era fino y original: Sisí emperatriz se hizo tatuar. También Edgar Allan Poe. No nos extraña porque sabemos que ella era mujer difícil y anoréxica, y él, poeta alcohólico y sublime. No hay moda de grupúsculo que no se democratice, y ya ven ustedes nuestra playa, de La Caleta a Cortadura pasando por Santa María: un muestrario de pieles que ya no se sabe muy bien si son tribus amazónicas, exconvictos de vacaciones, especímenes únicos o antologías del chochonismo ilustrado.

            Yo ahora mismo me siento tentada. Lo más chic estimo que sería un solo tatuaje en algún lugar poco visto: unas alas pequeñas en los tobillos, a lo Mercurio, serían ideales para mensajería y podrían valerme un patrocinio de Fly Emirates o de Seur. La opción B es la del obsesivo-compulsivo: el tatuaje crea adicción y los tatuados, como los coleccionistas, acaban pareciendo catálogos del Lidl.

Diario de Cádiz, lunes 5 de septiembre de 2016, p. 13.