Luis Charlo (2012/10/22)

LUIS CHARLO

 En general, y quizá más en los ambientes laborales, cuesta topar con personas no ya amables o educadas, sino sencillamente buenas. En Luis Charlo Brea siempre vi uno de esos casos (escasos) de lo que, siguiendo su humor, sería “una bondad bien declinada”. No es sólo que fuera el profesor que me dio la primera clase en la Facultad: clase de latín en latín, de la que no entendimos nada o casi nada salvo un inolvidable “Haberemus examen”. No es sólo que fuera un docente entusiasta y un auténtico humanista: con él nos enamoramos para siempre de las hermosas inscripciones de las estelas funerarias (Siste qui transis: “Detente, tú que pasas”). No es sólo que tuviera siempre una palabra amable (en latín culto o vulgar o en román paladino) con la que hacernos sonreír: el suyo era un magnífico humor cervantino que jamás se ejercía en contra de terceros. No es sólo que pusiera todas las Navidades en su despacho un nacimiento e invitara a polvorones y anís: ese primer año de Facultad, sin decirlo, sólo haciéndolo, sentó cátedra de cómo, en la vida ordinaria, puede un hombre tomar la decisión de “volver a nacer, y andar camino,/ ya recobrada la perdida senda”. En la vida profesional, Luis Charlo era ese compañero que es afectuoso y amable porque sí: no busca nada, no vende nada, sino que desarrolla sin esfuerzo aparente lo que Cercas llamaría su “instinto de virtud”, la fortaleza de su cordialidad. Pienso en esa distinción a la que daba vueltas Rafael Sánchez Ferlosio, a propósito de Don Quijote, entre el personaje de carácter y el personaje de destino. Como un caballero de la Bética, Luis era persona de carácter (amabilidad que se manifiesta gratuitamente de manera constante, generosa, feliz y natural) y persona de destino: un auténtico cristiano con voluntad de amor y bien, muy lejos de dogmas rancios y resabios de la curia. Por eso había en su funeral tantas coronas de flores. Como todo círculo, la corona funeraria simboliza la eternidad, pero ella tiene siempre en el centro un agujero vacío. Cuánto echamos de menos a Luis Charlo quienes tuvimos la suerte de conocerlo. Ay, “animula, vagula, blandula”: cómo llueve –”quomodo pluit”– su ausencia en el corazón.

Diario de Cádiz, lunes 22 de octubre de 2012, pág. 15.

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/1380519/luis/charlo.html