Gentes de placer (2016/12/12)

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GENTES DE PLACER

Pasan a veces cosas que resultan raras, que a veces son poéticas porque son a la vez bellas, emocionantes, incluso dolorosas. Media tarde en la calle Plocia. No recuerdo gente en los restaurantes, solo la vuelta del trabajo, el razonable silencio, y una mujer mayor que se asomaba a un balcón muerta de risa, y cantaba a pleno pulmón: “Ay, niña Dolores, ay niña Dolores,/ ¿con qué te lavas la cara / que tienes tantos colores?”. Y se volvía a reír desaforada, como una niña antigua. Cada vez que paso por delante de la estatua de la Perla de Cádiz, que está ahí mismo, me pregunto si no le dará la vena, de vez en cuando, de salir en hechura de vieja loca a cantar por los balcones saludando a los transeúntes y turistas. Otro día de vuelta del trabajo fue en la plaza de la catedral, donde entre las estatuas de Henry Moore hay una mujer muy menuda y morena, con un vestido de piconera en raso blanco, que al son de una casette baila al más puro estilo de la escuela bolera. Tiene tanta gracia en sus quiebros y giros, y una sonrisa tan amplia al bailar, que choca el cartel que tiene puesto junto al reproductor de música y una bolsa de la que asoma un traje rojo de gitana: “Bailo para ayudar a mi hija enferma. Estoy sola y me he quedado sin trabajo”. Otro día la vi de lejos llorar abrazada a una amiga que la consolaba. Junto a sus avíos de bailar, vestida de piconera. Otro día era fiesta y por la avenida me paró una señora mayor manifiestamente extranjera que quería saber dónde encontrar una joyería abierta. A su lado, un joven bajito y nervudo de larga melena con aspecto de gitano permanecía en silencio. Me pareció una extraña pareja, una extraña petición, me limité a decirle que todo estaba cerrado porque era festivo. No quise contarle que el Corte Inglés sí que abría. “Gentes de placer”: así llamaban en la corte, entre 1563 y 1700, a la tropilla de “locos, enanos, negros y niños palaciegos” que hacían las delicias de los reyes y nobles precisamente por su locura, su ingenio, su deformidad, su inocencia, su extrañeza, quién sabe si hasta cierto punto por su misma desdicha. Me pareció una expresión dolorosa y bella. Y dolorosamente extrapolable: a tantas gentes, a tantas profesiones, a una ciudad entera misma atravesada de belleza.

Diario de Cádiz, 12 de diciembre de 2016, p. 10.