Felicidades, Antonio (2017/03/06)

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FELICIDADES, ANTONIO

Me llama mi cuñado para invitarse a comer en mi casa con su familia (que también es la mía, hasta cierto punto). Me vuelve a llamar para preguntar si puede invitar también a otro cuñado. Le digo que vale. Viene mi cuñado con su familia, el otro cuñado de ambos y una tarta. Resulta que vamos a celebrar su cumpleaños. Le cantamos cumpleaños feliz, el muchacho excelente y feliz feliz en tu día, Antoñito que Dios te bendiga. Me dice mi cuñado que a ver si le saco en una columna. Y aquí estamos. Primera tentativa. ¿Qué significa cumplir años cuando se pasa de 50? Ufff. Segunda tentativa. ¿Qué le podríamos regalar a Antonio? Se me ocurre llevarlo a ver la peli “Toni Erdmann”. He llevado a mi marido y doy fe de que aguantó por amor el calambre de las piernas durante casi tres horas en ese agujero con respaldo que son los asientos de Multicines El Centro. Hubo un momento en que me miró, se rió y dijo: “qué coñazo, ¿no?”. Pero lo mejor fue cuando llegó el final (por fin), y el mensaje era: ¿en qué reside la felicidad?: en saber cortar a tiempo. (Era una comedia alemana. Una comedia profunda). Pero hubo un momento genial, que también tenía moraleja: ¿cómo podemos aprender a atrapar los instantes? Pienso: escribiéndolos. Y quiero escribir aquí, como si fuera Antonio Machado, un apunte de mi cartera. Estuve en Villarrubia de los Ojos, Ciudad Real. Fui a dar un paseo con mi marido y unos amigos por las estribaciones de los Montes de Toledo. Nos llevaron a ver un almendro de su infancia. Era un almendro blanco todo en flor, con su copa redonda y cuajada contra un cielo muy azul. Olía intensamente dulce. Pero lo asombroso es que estaba completamente rodeado de abejas que libaban las flores. Si te ponías debajo y cerrabas los ojos te dabas cuenta de que podías “oír” una copa de árbol dibujada con sonido, “ver” en tres dimensiones un árbol sonoro, un almendro zumbador. A lo mejor cumplir años es algo parecido: todos los años se repite, pero, según quién, cuándo, cómo lo vea, nunca jamás es lo mismo. Y parece un sueño de budista. Igual que ser feliz. (Si yo fuera alemana, me daba para una comedia de ocho horas. O un libro de mil páginas. O, mejor, un aforismo).

Diario de Cádiz, lunes 6 de marzo de 2017, p. 13.