Extraña fruta (2010/05/24)

EXTRAÑA FRUTA

El aforo del salón de la Biblioteca Pública está completo. El Gran Poeta no sabe que la mayor parte del público está integrado por estudiantes de Hispánicas que están allí para realizar un ejercicio (“Escriba su impresión del acto de manera personal, como una entrada de dietario”). La otra parte de los asistentes está constituida por eso (a veces tan triste) que suele denominarse “la corte de los poetas”. La conferencia transcurre como una melodía para delfines: no se oye nada. Bueno, oye el que puede sobreentender en los susurros un texto conocido. La poesía es música, v.g. Góngora: “Quejándose venían sobre un guante/ los raudos torbellinos de Noruega”. [La múltiple repetición de los raudos torbellinos, casi como un mantra absurdo y sádico, me trae a la memoria “La dama número trece”, novela de gore lírico de José Carlos Somoza donde ciertos versos eran palabras de poder con las que destrozar o erigir mundos o cuerpos.] La poesía es reveladora imagen, v.g. Lorca cantando a Harlem: “tu violencia granate, sordomuda en la penumbra”. [Prisioneros de asientos sin salida, incapaces de imaginar sonidos, los Erasmus se miran consternados mientras los españoles –menos europeos, más africanos−, superada la consternación, incuban su violencia sordomuda en la penumbra de la mal iluminada biblioteca]. La poesía c´est moi (o sea, il, Le Grand Poète): el final de la “Oda a Venecia ante el mar de los teatros” no podía ser el que sugiriera Aleixandre (“su realidad, su amor”), sino el de  Pere Gimferrer a los 20 años: “Es doloroso y dulce/  haber dejado atrás la Venecia/ que disuelve un espejo/ negando, con su doble, la realidad de este poema”. [Posmoderno y total.] El poeta confiesa que lee mal su poesía. [El público se siente vagamente ofendido ante la sospecha de que sea por incurable, no timidez, sino desprecio del otro.] Acabado el ceremonio, el Gran Poeta dedica sus libros deferente y cortés. Lo vela su mujer, que sabe resucitar esa vida que él quiso; una mujer que tiene los grandes ojos cálidos de la misma Hera. El lunes tendré que convencer a mis alumnos de que, a pesar de que parezca haber muerto, él es un Gran Poeta. Y les diré, quizá, que, tímido o soberbio, todo poeta es como el pájaro cuco, una criatura que quiere poner sus huevos de palabras en  nuestra cabeza, para que, olvidados de nosotros, incubemos su ADN simbólico. Pues son nuestras cabezas los nidos donde se transmite, en neuronales surcos del recuerdo, el Ave Fénix de su nombre, su gloria, su destino.

Diario de Cádiz, lunes 24 de mayo de 2010, p. 8.

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/708306/extrana/fruta.html