El otro nombre de la negra sombra (2010/09/27)

EL OTRO NOMBRE DE LA NEGRA SOMBRA

He conocido a una mujer que, sin saberlo, me ha enseñado lo que es la pesadumbre: el peso físico y moral, la fuerza de gravedad de la tristeza. No es infrecuente: quién no conoce a una persona que ha perdido las ganas de vivir y se va dejando ir, a la deriva. Una persona que ni siquiera va al médico cuando algo le duele porque, total, ya para qué. Y ese “ya” son cuarenta y cinco años. Una persona que cada vez que tiene que justificar su desidia, su abandono de sí, te cuenta historias de adversidades viejas que difícilmente pueden servir de excusa para no hacer cosas simples: apuntarse a natación para cuidarse la espalda; hacer danza africana o pintura en seda para salir de casa a disfrutar de una hora en compañía de los demás haciendo algo algo que no sea beber en el bar de debajo de tu casa: al principio solo una copa, después cada vez más; buscar un club de lectura, de esos que promueven casi todas las bibliotecas municipales para gente (casi siempre mujeres de entornos aculturados) a la que le gusta leer pero no tiene con quién hablar de todas las cosas que se le ocurren a través de la lectura. No: de nada sirve que uno les cuente a estas personas la infinidad de actividades que existen para “curar” la herida del tiempo (se llaman terapias ocupacionales), la cantidad de disciplinas, orientales o no, que son de ayuda y autoayuda: ejercicios que conciencian de que no es que tengamos un cuerpo: es que somos un cuerpo que vive, aquí y ahora, como (y de) milagro. Atrapada en historias de fracasos añejos, esta mujer se niega a buscar ayuda. Es persona chapada a la antigua para las cosas que importan: un psiquiatra o un psicólogo son remedios para locos (y ella no está loca), para gentes enfermas (y ella no está enferma), para gentes sin fuerza voluntad (y ella no puede ver que está enferma porque ni siquiera puede reconocer que carece de fuerza de voluntad). Para gente que no hace más que mirarse al espejo (y no quiere asumir que toda su tristeza revierte en su hija, que sí va al psicólogo y no podrá salir de su ansiedad mientras su madre siga así). He conocido a una mujer que podría aceptar ser la viva imagen de la “Negra sombra” de la que hablaba Rosalía de Castro, pero no quiere aceptar que esa sombra se llama depresión y está en el catálogo no ya de la literatura sino de la medicina. E ingenuamente, cuando su hija le ha dado un ultimátum (uno más), le ha prometido que sí, que va a dejar de fumar, que va a hacer algo de ejercicio, y que va a buscarse un novio. Yo me pregunto de dónde va a sacar fuerzas. Y ganas.

Diario de Cádiz, lunes 27 de septiembre de 2010, p. 7.

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/798184/otro/nombre/la/negra/sombra.html