Con Cervantes (2010/04/25)

Si Cervantes levantara la cabeza, qué pensaría de esas lecturas oficiales del “Quijote” todos los veintitreses españoles de abril: docenas de políticos y políticas, figuras, figurantes, acólitos, ilusos, pobreshombres, pobresniños y tal, dale que dale al atril en un muermo infinito. Qué pensaría de la gente atracada por la calle micrófono en mano para que nos diga su palabra favorita: libertad, libro, azulejo, celinda, siboney. O de esas encuestas de cuántos libros lee usted al año: ¿mil quinientos quince? ¿tres, dos, uno, cuarto y mitad, nada? Amamos a Cervantes, que tuvo la infinita bondad de nacer en nuestra lengua, pero lo leemos poco. En parte, como bien decía Trapiello, porque nos empeñamos en que se lea en el castellano del siglo XVII, lo que demuestra hasta qué punto don Quijote, como loco anacrónico, es fruto del genio español. Sólo un hombre como don Miguel, que no tenía nada que perder, que todo lo había perdido muchas veces, pudo inventar un género como la novela, donde hacer y hacer decir lo que a uno le dé la gana. Si hubiera logrado lo que ambicionaba −fortuna, posición, prestigio en el parnaso de su época− seguramente no habría tenido la libertad mental de hacer de su capa un sayo. Por otra parte, es curioso que él consiguiera sin proponérselo hacer realidad el sueño de Gil de Biedma: “yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo lo que quería es ser poema”. De Cervantes apenas sabemos nada, pero lo imaginamos, hijo de sus obras, como el gentilhombre que habla, ríe, suspira y sueña a través de las voces de sus personajes: “Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama”; “Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces”; “El andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”; “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”; “Por la calle del ya voy, se va a la casa del nunca”; “Dos linajes solos hay en el mundo, que son el tener y el no tener”… Ay, don Miguel. Si yo fuera ministra de cultura, o de justicia, dedicaría la asignatura de Educación para la ciudadanía a la lectura tranquila del “Quijote”, entero.

Diario de Cádiz, 25/04/2010

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