Ya se van los pastores… (2006/10/03)

YA SE VAN LOS PASTORES…

            No es como en la canción tradicional (“Ya se van los pastores a la Extremadura, ya se queda la sierra triste y oscura…”), pero viene a ser parecido: entre septiembre y octubre se nos marchan los hijos universitarios que estudian fuera lo que aquí no hay (o sí hay, pero…). No sabemos muy bien en qué curso están: ¿ tercero, cuarto?, con rebabas pendientes (anuales y cuatrimestrales; obligatorias, optativas y de libre configuración; certificados de seminarios y cursos de verano, otoño e invierno que en su día pagamos porque se convalidaban por créditos). Tampoco estamos nada convencidos, en medio de este guirigay, de que deban irse al extranjero en plan Orgasmus (en nuestros tiempos los idiomas eran un instrumento que se tocaba en verano). Ahora nuestros convergentes cachorros se han vuelto a matricular (o no) de más de una docena de cosas y cosillas por incentivos o disuasiones variadas (el Avecrem es demasiado concentrado; la Superestar anda siempre en congresos suplida por becarios sin experiencia o sin cociente intelectual; Sodomaygomórrez es un petardo que no para de rajar del Departamento o de hacer apostillas a la bibliografía de “Aquí hay Tomate”; lo mejor es ser Erasmus: se aprueba sólo por existir). También han tomado posesión de su piso, menos cutre que de costumbre, aunque la mesa extensible del comedor es una Evax sin alas (se repliega al más mínimo roce), la lavadora no centrifuga y la diminuta nevera no da para cinco.

Con el tiempo vamos viendo cómo nuestros trashumantes (“… ya se van marchando…”) se esmeran en demostrar sus habilidades domésticas: no dejan la ropa interior usada flamantemente desplegada en medio del cuarto, pasan la fregona por el baño y han seguido las instrucciones del potaje con atención. Ya tenemos más espacio en la casa, descansa el teléfono y no estamos condenados a los balidos de testosterona de Álex Ubago, pero por eso mismo se nos ha quedado la casa triste y oscura. Un día nos asaltó la melancolía viendo una vieja foto de risueña albondiguita en la playa. Y a menudo nos asalta el pánico, porque sabemos que los jóvenes se descontrolan más todavía fuera de casa. Hay padres que se despidieron de un Erasmus hasta nunca (se mató en una cogorza). Los chavales, aparte de pasotas, están más expuestos a todo y son cada vez más frágiles. Entre la tristeza y el miedo uno se acuerda de cómo era a la edad de sus hijos y podría decir, con Gil de Biedma, “Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde”. Lo malo es que hemos visto que hay quienes no tuvieron tiempo para comprenderlo. (“… Ya se queda la sierra triste y llorando…”).

Diario de Cádiz, martes 3 de octubre de 2006, pág. 16