www.cartujadecazalla.com (2006/01/31)

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Para vender turismo al por mayor está FITUR, pero al por menor está el boca a boca y hay cosas que no tienen precio. Por ejemplo una historia: la de una ambiciosa agente inmobiliaria que se encuentra un día en Sierra Morena una finca virgen con una cartuja del siglo XV en ruina total. Ella se da cuenta de que para recuperar el lugar y convertirlo en hospedería hace falta ser joven, llega a la conclusión de que ése es su destino y adquiere la propiedad. Desde entonces (era 1977) Carmen Ladrón de Guevara y Bracho ha empeñado su tiempo y su peculio en reconstruir la Cartuja de la Concepción de Cazalla, en la sierra norte de Sevilla. No se conformó con reinvertir las ganancias hosteleras en el monumento, sino que lo convirtió en centro de arte contemporáneo. Aparte de acoger exposiciones temporales y alojar a artistas que suelen dejar alguna señal de gratitud, ha ido estirando los beneficios para adquirir un fondo propio protagonizado por Francisco Espinoza, su hija Amaya Espinoza y Annet Kossen. El resultado es un paraíso muy poco español, porque no es frecuente aquí mezclar el amor a la naturaleza y la historia con el arte moderno y un confort de refinamiento natural, ni amanerado ni ostentoso. En la cartuja de Cazalla se come de vicio (tienen su propia huerta y su ganado), la vieja capilla de peregrinos le hace sentirse a uno como un viajero romántico inglés, la hospedería nueva podría ser escandinava, y lo más hermoso son las suites del antiguo claustro de legos, sobre las que está el taller de cerámica. La iglesia (centro de exposiciones y congresos, entre otros usos) tiene en lo que viene a ser altar una escultura  que invitaría (junto con otros detalles) a imaginar o escribir un Código Da Vinci, una Cena Secreta. No sé qué causa más placer: si alojarse con la familia sin excluir al perro; si sentir en la tiniebla espesa de la noche el estremecimiento sagrado de la oscuridad; si sentarse a una mesa con brasero a cenar caldo de puchero mientras se van secando las botas; si descubrir al levantarse que todo, hasta las flores de almendro, está cuajado de nieve, huele a fuego de leña y el cielo es intensamente azul.

Cuando el turista medio español sea el huésped mayoritario de este tipo de establecimientos será la verdadera señal de que hemos dado un salto cualitativo en nuestro estatus sociocultural. Menos mal que la empresa es española. Igual que la Torre Tavira en Cádiz. Uno se pregunta si hay que ser una indesmayable amazona –como Carmen Ladrón de Guevara o Belén González Dorao- para poner en uso y valor la historia, entre la apatía (cuando no el recelo) de los lugareños y las instituciones.

Diario de Cádiz, martes 31 de enero de 2006, pág. 14