Víspera de Reyes (2007/01/09)

VÍSPERA DE REYES

Vienen mis sobrinos a ver la Cabalgata. En el coche, Quico, que a sus seis años se inicia en la angustia existencial, pregunta insistente: “Mamá, si papá y tú os morís de repente, ¿con quién nos vamos a quedar?”. Su madre responde: “Hombre, no hay que pensar en eso ahora”. Nano,  dos años menor, se encoge de hombros: “Pero vamos a ver, ¿se sabe de alguien que se haya muerto?”. Ana, la melliza de Nano, grita feliz su respuesta aplastante: “Sí, yo sé uno: el señor Alberti” (en El Puerto –y mayormente en Las Viñas- Rafael Alberti es objeto de un culto laico de dulía). Con estas profundas cavilaciones, que traen a mi cuñada patidifusa y oronda (como si fuera la madre de la Escuela de Frankfurt, más o menos), llegan a Cádiz. Por lo que tarda en venir, ésta debe ser la genuina Cabalgata de Oriente. Tampoco se sabe qué sucede por el camino para que se seccione en tantas partes inconexas. Primero vienen unos dinosaurios gigantes con música discotequera y unos trogloditas que reparten garrotazos (es la Alianza de Civilizaciones, seguro). Después van llegando los Lunis, los Simpson, un hiper-pulpo y las carrozas. Las viejas de posguerra vienen armadas con el paraguas de acaparar. Hay pandillas de pubertosos que, emergiendo de sus granos, gritan a toda nuez: “Echa caramelos, cabrón”, y agreden a SS.MM. a caramelazo limpio. Aunque jamás se consiga disciplina (va a haber que apuntarlos a un máster de majorettes en USA), las carrozas regias, con su toque egipcio-mesopotámico, son vistosas. Cierra el cortejo un Pepe Ángel González sublime en su papel de munífico Baltasar. Con la bolsa del Carrefour llena de caramelos migados, creo que debo de haber hecho dos mil flexiones: me tiemblan las piernas y se me va la cabeza. Por la noche, mi hijo escoge para distraer los nervios una miniserie de cuatro horas: “El misterio de Jerusalén”. Un joven muy rubio encuentra una carta que demuestra que Cristo en realidad murió, y el resucitado fue un viajero en el tiempo que lo sustituyó y lo grabó todo en vídeo. El héroe, musculoso y bronceado, se pasa la cinta huyendo torturado y en calzoncillos negros (el director, un cofrade de Pasolini, seguro). El mensaje es un tanto corrosivo para un niño que acaba de hacer la primera comunión, así que, cuando mi hijo pregunta de quién es el esqueleto que aparece al final, me hago la loca. Pero cuando se acuesta la criatura descubro que el esqueleto que tiene dos horas por delante para montar la parafernalia de los Reyes es el mío. Y tendré suerte si el niño se apiada y no me obliga a resucitar de madrugada. (No soy un efebo inmortal de Kalvin Klein).

                            Diario de Cádiz, martes 9 de enero de 2007, pág. 18