Vendaval en la Sala Rivadavia (2007/07/03)

Vendaval en la Sala Rivadavia

Sería hermoso que tuviera razón el arqueólogo Ángel Ventura: que lo que hoy llamamos Casa del Obispo hubiera sido en época clásica un Asklepeion, un templo de Asclepio o Esculapio, hijo de Apolo y padre a su vez de Higía (la Salud) y Panacea (el Remedio para todos los males). Algún día podría aparecer por aquí un bastón con una serpiente enroscada (el caduceo de médicos y farmacéuticos), porque el culto a Asclepio es de tipo telúrico: de ahí que, entre los ritos de sanación, estuviera pasar una noche en el templo acostado sobre la tierra para recibir un sueño revelador del remedio del mal. Uno imagina el complejo hospitalario, quizá especializado, como el de Epidauro, en dolencias de la psique, y ahora que la casualidad me ha puesto en las manos Un manual de vida (Barcelona, Olañeta, 2005) del estoico Epicteto (55-h. 135 d.C.), imagino una visita a Gades del filósofo frigio que fue esclavo en Roma y consagró su pensamiento a la búsqueda de la libertad y la felicidad. Éstas comienzan con la comprensión de que algunas cosas están bajo nuestro control y otras no. Bajo nuestro control están las opiniones, aspiraciones, deseos y cosas que nos repelen, porque tenemos la capacidad de elegir los contenidos y el carácter de nuestra vida interior. Fuera de nuestro control están el cuerpo que tenemos, la posición social en que hemos nacido o que hemos llegado a adquirir y la forma en que nos ven los demás: factores externos que, con el deseo insatisfecho, generan inútil sufrimiento. Cuando algo sucede lo único que está en nuestra mano es la actitud que tomamos al respecto, pues no son las cosas lo que nos trastorna sino nuestra interpretación de su significado: aceptarlas o no depende de nuestra fortaleza interior, que descubrimos precisamente en el infortunio. Debemos averiguar lo que queremos ser (nuestra íntima naturaleza) y realizarlo con virtuosa coherencia, sin depender del juicio de los demás, sin sucumbir en la adversidad a la vergüenza, la culpa o el dolor, sin dejar de cumplir nuestros deberes naturales como hijos, padres, esposos y ciudadanos. Admirable Epicteto. A mí me gustaría imaginarme ceramista de Gades, haciendo soles esmaltados de todos los tamaños que los fieles ofrendarían al divino Apolo. Discos brillantes y multicolores como los que ahora mismo exponen en la Sala Rivadavia Rocío Arévalo y Pablo Alonso de la Sierra, el dúo Vendaval. Sí. Me gustaría, con el entusiasmo, la inocencia y la sabiduría técnica que Vendaval comparte con un Hans Arp, un Joan Miró o un Alexander Calder, llenar el espacio del espíritu con una explosión vocacional de vida, tierra, mar y luz.

Diario de Cádiz, martes 3 de julio de 2007, pág. 19