Vanitas vanitatum vs. Ángel de amor (2005/01/18)

VANITAS VANITATUM versus ÁNGEL DE AMOR

Las Navidades suelen dejar tras sí una inquietante proliferación de objetos. Cuando uno viene a darse cuenta, vive en un zoco presidido por el exceso, la redundancia y el más absoluto desorden. Uno de los reinos más sensibles al caos es el de los libros. Carmen Martín Gaite decía que los libros crían: si dejas uno sobre una mesa auxiliar, no pasará mucho sin que encima haya otro, y otro, hasta que la mesa pide auxilio. Lo más habitual es que, cuando no caben en el estante que les corresponde, los vamos apilando por encima y por detrás, y al final no sabemos qué tenemos ni dónde, porque el libro es un sólido muy dado al mimetismo.

Abrumada por la invasión de los ultracuerpos, emprendo una campaña saneadora. Desde lo alto de las estanterías me contemplan siglos de pensamiento, y un par de años de polvo y dejadez. Inmersa en la faena acometo mi propia versión del expurgo de la biblioteca del Quijote. Rectifico: desde lo alto de mis estanterías me contemplan siglos de pensamiento, y también de aburrimiento y tontería. Qué de libros prescindibles. Voy haciendo montones para tal o cual biblioteca. No estoy muy segura de que nadie se deje donar estos libros que tratan de cosas como el aspecto del verbo en el español de Cuba en el siglo XIX. No es un best-seller, precisamente. Me pregunto qué tipo de reacción surrealista podría producir si lo integrara en un bookcrossing de los que ahora se estilan: ¿espanto? ¿náusea? ¿hilaridad?

Hay libros que merecen el fuego pero no los puedo dar ni tirar: son las obras completas de mis amigos, son mis propias obras completas. Suspiro. Pienso en las librerías de viejo y me viene a la memoria una greguería de Gómez de la Serna: “Catálogo: recuerdo de lo que se olvidará”; un poema de  Felipe Benítez Reyes: “…Todos los libros llevan/ un estigma de olvido…”. Vanidad de vanidades y todo vanidad.

Pero mi biblioteca es también como la Nacional: periódicamente retorna a su condición de jungla inexplorada donde aparecen cosas. Descubro que teníamos (milagros de un programa de bachiller) un título que ando buscando hace tiempo: Cómo se hace una novela, del estupendo Unamuno (editado de propina junto a un  San Manuel Bueno…). Redescubro la preciosísima Guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi (su gran formato la obligó a emigrar) y en ella otra vez la Isla Gozosa, El País del Satén, Digitópolis… Al final vuelvo a estar en posesión de lo que poseía y, al pie de mis estanterías, oreadas y cartesianas como cuadrículas de Mondrian, un Tenorio un tanto sobado me consuela zalamero del lumbago: es verdad que en esta desempolvada orilla se respira mejor.

Diario de Cádiz, martes 18 de enero de 2005, p. 14