Twist de Oliver Twist (2005/12/06)

TWIST DE OLIVER TWIST

           El jueves pasado, en la Fundación Caballero Bonald, inauguraba un seminario sobre narrativa española actual un experto, Santos Sanz Villanueva, con una conferencia tan amena como pesimista. El catedrático de la Complutense comenzó desplegando una serie de objetos. El primero, una especie de sobre de laboratorio farmacéutico, llevaba nombre de somnífero, decía contener diez dosis, y una vez abierto mostraba una novela de Paolo Coelho. Luego sacó un lápiz rojo de carpintero, regalo de una editorial para promocionar una novela del mismo título. Conclusión: al margen de la calidad –si es que la tiene-, la novela es hoy ante todo un producto de consumo. Sanz Villanueva comentaba también la banalidad que cunde: autores que han accedido a buenas editoriales se pierden en relatos amorfos e insulsos, de esos de los que se dice que rompen los moldes de género para encubrir la vagancia de un escritor incapaz de trabajar una historia como el género manda. Luego están las novelas metaliterarias, que tratan de cómo se escribe una novela: algo que al ciudadano de a pie le suele traer sin cuidado. La cosa empeora con la “novela en clave”, donde el autor se despacha contra sus enemigos (literarios o no) con una falta de elegancia directamente proporcional a la carencia de ambición y trascendencia de una bajuna venganza personal.

Echaba de menos Sanz Villanueva al honesto artesano del siglo XIX, tipo Galdós, que vivía de escribir pero que concebía la novela como entretenimiento provechoso: educar al público cuestionando la realidad, (in)formando las conciencias. Hoy esto parece correr por cuenta de cierto cine: Full Monty, Los lunes al sol, etc.

Me he acordado de Santos Sanz este domingo. Resulta que ya estoy recibiendo cartas a los Reyes: cada año se intensifica su parecido con listas de boda cerradas, impositivas y odiosas. Yo he llevado a mi hijo a ver la adaptación que de Oliver Twist, la novela de Charles Dickens, acaba de estrenar  Roman Polanski. Es un antídoto contra la vorágine consumista, para que grandes y chicos recuerden o aprendan qué significa ser un niño con privilegios y un niño desamparado. También vimos Charlie y la fábrica de chocolate, de Tim Burton. A veces sí que es el cine el que da en la tecla de lo que es una buena película, una buena novela. De lo que es, en fin, la función más noble del arte. Muchos de nuestros mayores valores y logros sociales a menudo hunden sus raíces en la educación sentimental que ofrece una buena novela. No se dejen cortar el pelo por los filisteos o acabarán como Sansón: con el tiempo (de)capado por las malas novelas.

Diario de Cádiz, martes 6 de diciembre de 2005, pág. 16