Taxi driver (2005/04/12)

Ya no se escucha la frase de “las verdades del barquero”, que significa “decirle a uno sin rebozo ni miramiento alguno cosas que le amarguen”. No sé de dónde viene, pero quizá tenga que ver con Caronte, el que cruzaba a los muertos a través de la laguna Estigia para llevarlos al Más Allá, ocasión ideal para decir cuatro o cinco verdades. Hoy se podría sustituir la expresión por “las verdades del taxista”, un gremio con fama de despotricador. Hay quien piensa que el taxista tiene un alma sencilla y reaccionaria, sin considerar que al volante va un currante sin mafia sindical que lo prejubile a los cincuenta y pocos con el 100% del salario máximo, un experto en trabajar a destajo que pronto llega (a través de la observación, la prensa y la radio) a dos conclusiones: la primera, que este país, aunque las calles estén siempre en obras, es un país de vagos; la segunda, que este país, tan lleno de pamplina y de talante, es un país de maleantes. Esto es desagradable de oír, sobre todo cuando se es un trepa (fauna que nunca ha padecido peligro de extinción y ahora viene en modelo posmoderno, europeo y convergente).

Pero más allá de los tópicos, en los taxis se pueden vivir situaciones muy raras. No se trata de la escenografía (nunca he visto un Mambotaxi Almodóvar: lo más, uno con alfombrillas de estrías en neón azul, como si fuera la NASA), sino de los conductores. Me cuentan de uno que llevaba a cabo desde hacía diez años una investigación sobre las relaciones de pareja según el signo zodiacal. Lo que espeluznó al cliente fue que el taxista le adivinara, con sólo verlo, que era Capricornio, y le describiera con científica precisión las características de sus relaciones sexuales y la calidad de sus orgasmos (en última instancia, le recomendó una pareja que fuese Cáncer). Mis vivencias más relevantes son dos. Uno era un señor que tenía experiencias paranormales y contaba cómo una noche su cuerpo astral salió por la ventana, llegó volando a la Avenida, se posó frente al escaparate de Ivarte y se puso a ver los precios de los electrodomésticos. Al día siguiente volvió de mañana, en cuerpo mortal, y vio que la lavadora y lo demás valían justo lo que había visto en su vuelo, luego no había soñado. El otro era un taxista apasionado de Heráclito, el filósofo del “panta rhei”: todo fluye y está en constante movimiento (como el tráfico, diríamos), y nadie se baña dos veces en el mismo río (curiosamente, yo tampoco volví a coger su coche).

Realmente, a veces se tiene la impresión de que hay muchos mundos, pero todos, aparte de estar en éste, caben en un taxi.

Diario de Cádiz, martes 12 de abril de 2005, p. 14