Tarzán, andaluz (2005/09/06)

Estoy aquí, forrando libros escolares con la resignada paciencia que los padres desarrollamos por septiembre, y rumiando en silencio mi encono. Primero, los precios: unos 150 euros es, tirando por lo bajo, lo que cuesta el lote para un niño de segundo ciclo de primaria. Luego, maravilla esta multiplicación de cuadernos y cuadernillos no reutilizables, amén de hojuelas tan primorosamente plastificadas que parecen mantelitos didácticos: un “tú y yo” con los verbos y las tablas de multiplicar. Veo con estupor cómo proliferan los libros; miro los que el año pasado quedaron sin usar, por ejemplo el de música: ¿para qué tanto material si mi hijo nunca pasó de cuatro fotocopias y de machacarnos con el “Himno de la alegría”? Hay objeciones mayores. Las asignaturas de peso traen un opúsculo de “Conceptos clave”. El problema consiste en que, a base de dárselo todo hecho, los chavales no aprenden a resumir, y llegan a la universidad sin ser capaces de distinguir por sí mismos lo importante de lo accesorio (recuerdo un examen en que un alumno concedía insólita atención al hecho –estrictamente casual- de que el poeta Espronceda hubiese nacido en Almendralejo). El colmo de mi sorpresa es el “Atlas de Andalucía” que figura como anexo de Conocimiento del Miedo. Los niños aprenden motu proprio cientos de nombres de Pokemon con sus digievoluciones, pero sería cruel pretender que memorizasen geografía universal (la aldea global debe de ser eso: una suma apabullante de aldeanos). Con todo, tampoco creo que a final de este curso vayan a saber que la metalurgia es la base de la economía de Santa Olalla del Cala (Huelva). Mucho tenemos que decir de la incultura yanki, pero aquí, entre la cortedad nacional y la histeria autonómica, incurrimos en lo mismo, con el agravante de que nuestra histeria diferencial es inducida: un remedo gratuito (poco convencido y poco convincente) de la catalana, vasca y aun gallega. Me pregunto qué diría Séneca si escuchara la cuña de autoestima cultural: “Séneca, andaluz”. (“Quomodo?”)

Jovellanos consideraba, en el siglo XVIII, que al pueblo llano bastaba con enseñarle a leer, escribir, contar y un oficio. Hoy este objetivo es impensable fuera de un colegio de elite, y ya no se aprende ni a hablar. Nuestra progente (prohombres, prohembras) suele comenzar así sus discursos: “Ante todo, decir…”. En español el verbo principal debe ir conjugado. En infinitivo inglés quien habla es Tarzán: “Primero, comer”. Sigo forrando libros y de pronto, en medio del infortunio, me embarga una revelación: “Tarzán, andaluz”. De Santa Olalla del Cala. (Dios mío, lloro de orgullo).

Diario de Cádiz, martes 6 de septiembre de 2005, pág. 14