Saludo del alba (2006/10/10)

SALUDO DEL ALBA

Querida Paqui: me manda mi sobrino un estudio En torno al fracaso escolar en la Universidad. (Las Humanidades ante el espacio europeo) (Universidad de Córdoba, 2006) donde se concluye que el fracaso se debe al pésimo nivel con que llegan los alumnos y se multiplica por el desconcierto de una Universidad que lleva veinte años en proceso de redefinición y sigue sin tener claros sus objetivos. Yo, maestra jubilada, a veces pienso que vengo de un País de las Maravillas que parece el de Nunca Jamás.

En mis tiempos el ser humano tenía tres facultades: inteligencia, memoria y voluntad. Cada cual tenía su inteligencia natural (en grados variables, como te puedes figurar), pero en la escuela intentábamos desarrollarla facilitando una información básica que se tenía que memorizar. El pensamiento en acción, creativo, contrasta la información nueva con su base de datos: pero tiene que tener una base actualizada. Luego estaba la voluntad, que había que educar para el esfuerzo: porque la persona de por sí vaguea lo que puede, nadie tiene ciencia infusa y el saber ocupa lugar, tiempo y dinero. A esto se le añadió lo de la inteligencia emocional, que quiere decir que se rinde más y mejor cuando se está a gusto y en paz. En mi colegio se premiaba el esfuerzo y se buscaba en lo posible la excelencia. A los alumnos se les trataba con respeto y había, junto a la cortesía, autoridad: el que manda debe saber mandar por derecho, con justicia, mano izquierda y sin pamplinas. Eran tiempos en que a los niños se les educaba en casa. La escuela reforzaba esa educación e instruía. Pero ahora es el mundo al revés, Paqui: los padres sin tiempo pretenden que el colegio eduque, y el colegio, con niños asilvestrados, sin educar, no tiene tiempo de enseñar, con lo que los padres deben completar la formación del crío con clases particulares. (Nosotras sabíamos que educar es muy cansado, pero, hija, perseverábamos, aunque alguno nos saliese rana).

Yo con esto de la escuela y el instituto daría marcha atrás: menos asignaturas, más ejercicios corregidos diariamente, dictados, redacciones, lecturas, resúmenes, menos actividad extraescolar y un poco más de actividad escolar, que no era mala. Con ordenadores cuando proceda, claro, pero sin convertir cualquier cosa en asignatura. Y un colegio puede ser confesional, pero yo no convertiría la religión en asignatura, sino la historia de las religiones. Otra cosa son las directrices morales, que se inculcan con el ejemplo, y no sólo con palabras bonitas que a veces distan tanto de lo que uno ve que llegan a estomagar. (Me quedo sin papel, Paqui, y me agobio. Mañana sigo).

Diario de Cádiz, martes 10 de octubre de 2006, pág. 16